Toni García Arias

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El socialismo de los gestos

Toni García Arias | 04/07/2018
Educación


Por fin, Pedro Sánchez – el que todos creían muerto políticamente -, ha logrado su gran sueño: hacerse con el gobierno de España.Para ello, ha sabido esperar, agazaparse como un felino en la sabana detrás de un ñu, saltar como un lince y soltar un zarpazo en forma de moción de censura. Para conseguir el gobierno, Pedro Sánchez ha tenido que apoyarse en los partidos nacionalistas, esos que dicen que no tienen una idea de España porque son regionalistas. Irónicamente – por no decir patéticamente – a esos políticos nacionalistas les importa un carajo lo que suceda en Extremadura o en la Región de Murcia, pero están presentes en el Congreso y en el Senado español cobrando un generoso sueldo gracias a los impuestos que pagan los extremeños y los murcianos. Para eso, son más españoles que nadie. A cambio de ese apoyo para conseguir el gobierno, estos partidos nacionalistas recibirán con seguridad algún tipo de compensación por parte de Pedro Sánchez. Ya sea una inversión económica mayor en su comunidad autónoma o un reconocimiento como país en su estatuto o un derecho a votar la autodeterminación. Y es que, gracias a la organización territorial en comunidades autónomas que padecemos, España se ha convertido en un enorme mercadillo veraniego donde todo se compra y se vende, y para sacra mejor tajada, nada mejor que estar gobernado por un partido nacionalista extremista y excluyente.


Al margen de esto, hay que reconocer el valor del nuevo presidente del gobierno. Cuando se encontraba casi noqueado por las encuestas y la bajada en intención de voto hacia su partido era dramática, Pedro Sánchez ha sido capaz de revolverse y llevar al partido socialista al gobierno, algo absolutamente impensable hace apenas un mes. Aquellos cuya máxima referencia sobre lo que significa el socialismo es el infausto Zapatero, están de enhorabuena. Y es que este socialismo representado por Zapatero y por Pedro Sánchez es el nuevo socialismo; el socialismo de los hashtags, el socialismo de las frases en Facebook, el socialismo de los gestos. Y, por eso, muchos socialistas de esta nueva época aplauden el nombramiento del gran literato Maxim Huerta, que es a la cultura lo que la bruja Lola a la ciencia. Pero hablando de gestos, ninguno como el ofrecimiento del gobierno español para acoger a los 600 inmigrantes del barco “Aquarius”. Es, sin duda, un precioso gesto humanitario. Eso sí; un número muy importante de los que aplauden esta medida llevan a sus hijos a colegios privados y concertados, porque no quieren que sus hijos se mezclen con lo que ellos mismos llaman “moros”. Estos nuevos socialistas son generosos y solidarios con el esfuerzo y el sacrificio de los demás, y dejan para la escuela pública a los que representan la diversidad cultural de nuestro país: aquellos que no llegan a fin de mes, a los que no pueden pagarse el comedor escolar, a los gitanos, los desfavorecidos, los chinos, los rumanos, los árabes, … toda esa gente que puede manchar sus maravillosos y relucientes trajes de Calvin Klein.


Sin embargo, hay que ser honesto y reconocer las grandes proezas de este gobierno que, en apenas unas semanas, ya apunta maneras. Por eso, no se puede negar que Pedro Sánchez es un valiente y se ha puesto ya desde el primer momento a solucionar el gran problema de este país: Franco. En apenas unas semanas en el gobierno, Pedro Sánchez ya ha reunido a sus fieles y ha comenzado a planear la exhumación del dictador del Valle de los Caídos. Después de eso, España despegará como un cohete. No habrá paro, habrá tanto trabajo que tendrán que cerrar los comedores sociales, no se necesitarán becas, los másteres serán mucho más baratos para que los padres no tengan que hipotecarse por los estudios de sus hijos, el precio de la vivienda bajará hasta un euro el metro cuadrado, las empresas eléctricas dejarán de pactar precios para “estafar” a sus clientes, las empresas petrolíferas dejarán de pactar precios para “estafar” a sus clientes, las empresas de telefonía dejarán de pactar precios para “estafar” a sus clientes, los hombres dejarán de matar a sus mujeres, los médicos se aburrirán sentados en las sillas de sus consultas porque no habrá listas de espera, los autónomos tendrán coberturas para no arruinarse en caso de enfermedad, los parques estarán limpios y no dará miedo pasear por ellos de noche, los políticos no robarán dinero de las arcas públicas, los españoles podremos disfrutar de los mismos permisos de paternidad que en el resto de países civilizados de Europa, las planeadoras dejarán de desembarcar a sus anchas en las playas de Cádiz, el sistema judicial volverá a recuperar la cordura y el sentido común, los salarios en España dejarán de ser salarios de esclavos modernos,… y todo gracias a coger los huesos de un viejo que lleva enterrado casi 50 años y llevarlos para otro sitio ¿Habrá algo más fácil en la vida que gobernar?


En fin; que el socialismo español sigue huérfano de ideología y se desangra en el absurdo de la vulgaridad y la incultura, liderado por aquellos que con su gestualidad dicen ser una cosa pero que, en sus actos más internos, son otra bien distinta.



La educación por la ventana

Toni García Arias | 30/06/2018
Cultura, Política, Sociedad, Educación


Ahora que ha llegado el veranito y que se ha terminado el curso escolar, es el momento de decirlo: la educación en España está perdida. Y está perdida porque está catapultada bajo cientos y cientos de papeles absurdos que han terminado por ser el fin último del sistema educativo. Hoy en día, en los colegios ya no hay niños y niñas: hay programaciones didácticas, unidades de actuación, PTIs, PGAs, Memorias Anuales, estándares de aprendizaje, protocolos de actuación, protocolos de refuerzo, adaptaciones del currículo significativas, adaptaciones del currículo no significativas, informes individuales de aprendizaje, informes finales de etapa, programas de recuperación, programas de refuerzo, historiales académicos, planes de convivencia, planes de lectura, planes de pensamiento lógico matemático, rúbricas, planes de acción tutorial, pruebas de diagnóstico. Y, detrás de todo eso, además de un niño esperando a recibir una educación de calidad, hay un maestro estresado a punto de cortarse las venas con el capuchón del BIC. Porque, aunque pudiese parecer que eso es todo, los docentes deben enfrentarse además a una cantidad excesiva de contenidos imposibles de trabajar con un mínimo de calidad a lo largo de un solo curso escolar, rellenado para ello los objetivos, la metodología, los recursos y los criterios de evaluación de, por ejemplo, la historia del caracol colorao. Pero ahí no se acaba el asunto, porque -ya sea por presión de los padres, por iniciativa propia o por una obligación mal entendida- los maestros deben programar las actividades del festival de navidad, del festival de carnaval, del festival de final de curso, la semana cultural, la visita al museo del pueblo, las actividades complementarias, la excursión de final de etapa a Terra Mítica, los cuentacuentos, el día de la constitución, el día de los derechos del niño, el día de la paz, el día de la comunidad autónoma, el día del libro, el día del máster de la Cifuentes… y, cuando encuentren algún hueco entre el sujeto y el predicado, entre el “Despacito” de Luis Fonsi y el Dragon Khan de Port Aventura, entre la revolución francesa y el “A Belén va una burra”, deben enseñar educación emocional, educación vial, educación sexual, educación financiera, educación en valores, educación para la salud, educación para una adecuada alimentación, educación en el uso de las nuevas tecnologías, educación para el emprendimiento y educación para no morir de un infarto antes de los quince. Y, al mismo tiempo, intentar dar una educación personalizada a todos y cada uno de los veinticinco alumnos de la clase, compensar las desigualdades, motivarlos y cuidarlos como si fuesen sus propios hijos.


Sin embargo, no hay por qué ser pesimistas. Gracias a Dios, los responsables educativos se han puesto manos a la obra y se han rodeado de gente buena, de gente de calidad, de gente que sabe: famosos pedagogos visionarios que nunca han visto a un niño a menos de diez metros de distancia, coaches parlanchines que parecen telepredicadores, traders llenos de tatuajes, deportistas triunfadores con dificultades de expresión o grandes empresarios con enormes cuentas en Suiza, pero con nulo sentido social. Ellos, a través de sus charlas, nos conducirán con total seguridad al éxito escolar. Y es que, aunque pudiera parecer lo contrario, para hablar de educación no hace falta tener una carrera educativa, ni dos mil horas de formación, ni una experiencia de años viendo a niños cada día, ni corregir millones de libretas, ni padecer los problemas del sistema, ni tratar con los padres de los alumnos… basta -sencillamente- con tener boca.

Legislar para corruptos


En fin, maestros y profesores; que -aunque nadie cuente con vosotros-, vosotros sois la única solución de la educación en nuestro país, así que abrid las ventanas y airead el sistema, tirad lo que no sirve para nada y seguid luchando contra todo, porque lo único realmente importante son esos ojos que cada mañana os miran detrás del pupitre.



La España de las mil banderas

Toni García Arias | 29/05/2018
Educación


No sé si recordarán la noticia. El pasado 17 de febrero, la cantante Marta Sánchez, al final de su espectáculo en el que celebraba sus 30 años de carrera en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, sorprendió a todos los asistentes cantando su versión del himno de España con una letra compuesta por ella misma. Su actuación fue tan polémica que levantó una respuesta inmediata a favor y en contra en las redes sociales y en los medios de comunicación. Pues bien: esta semana, en la plataforma llamada España ciudadana presentada por Ciudadanos, Marta Sánchez se volvió a subir al escenario y volvió a cantar su versión del himno.


Lógicamente, no voy a hablarles en este artículo de la más que discutible calidad literaria de la letra del himno -si es que la tuviera-, ni tampoco de la intencionalidad de la cantante al hacerlo, asunto que no tengo muy claro. En este artículo, voy a hablarles de aquellos que critican a la cantante porque, según afirman, “lo importante para amar a tu país y sentirse patriota no son los himnos ni las banderas”.


Todos los que me conocen saben que no tengo mucho de monárquico. Y de nacionalista español, menos. Sin embargo, no me gusta que me manipulen, ni siquiera los más cercanos a mí ideológicamente, y odio a aquellos que critican en los demás lo que ellos mismos hacen y defienden. Puede que sea cierto; para amar a un país no hacen falta ni himnos ni banderas. Sin embargo, esa frase tan crítica con los himnos y las banderas la dicen muchas personas que -curiosamente- llevan una pulsera con la bandera republicana en la muñeca. O que la cuelgan en el balcón de sus casas. O que la lucen en toda manifestación a la que acuden. También, curiosamente, esa frase la dicen muchas personas que cantan una determinada canción cargada de simbología política al principio de un mitin. O que levantan el puño al final del mismo. La dicen también personas que se envuelven en la bandera gay mientras bailan alegremente desfilando por la Gran Vía. La dicen personas que inundan un partido de fútbol, un partido de baloncesto o un partido de tenis de miles de banderas catalanas independentistas. La dicen personas que besan el escudo de su equipo de fútbol más que a su pareja. La dicen personas que se ponen una camiseta del Athletic de Bilbao y se van a dormir con ella. La dicen personas que se rompen las cuerdas vocales cantando el himno del Atlético de Madrid.


En realidad, ¿qué diferencia existe entre aquellos que llevan una bandera española y aquellos que llevan una bandera republicana? ¿Aman más a España los republicanos que los monárquicos por tener una bandera con una raya de otro color? ¿Acaso es mejor persona un republicano que un monárquico? ¿Es mejor padre o mejor hijo? ¿Es más inteligente una persona que lleva la bandera gay que aquella que lleva la bandera del Betis? ¿Qué diferencia hay entre aquel que se pone de pie cuando suena el himno de su equipo que aquel que se pone de pie cuando suena el himno de España?¿Es mejor aquel que inunda un estadio de banderas independentistas que aquel que la inunda de banderas españolas? ¿Acaso la ideología extrema que representa el puño en alto no ha matado a lo largo y ancho del planeta a seres inocentes como lo ha hecho la ideología extrema de la mano alzada?


Los seres humanos somos seres sociales y seres grupales, y –al final- siempre intentamos identificarnos con un escudo, con un himno y con una bandera que nos represente a todos los que pertenecemos a un determinado grupo.Lo hacemos desde pequeños. Lo hacemos al llevar una camiseta de los Rolling Stones o una camiseta de Calvin Klein. Lo hacemos cuando nos ponemos un pendiente en la nariz o cuando nos hacemos un tatuaje. Lo hacemos cuando nos dejamos barba para seguir una moda o cuando nos rapamos el pelo para seguir otra. Todo ello no es ni más ni menos que simbología de la forma de ser y de la pertenencia a un grupo.


No es verdad lo que dicen aquellos que afirman que “lo importante para amar a tu país y sentirse patriota no son los himnos ni las banderas”. No es verdad y lo dicen a sabiendas de que no es verdad. Lo que quieren decir es que “lo importante para amar a tu país y sentirse patriota es que sigas a nuestros himnos y a nuestras banderas, porque los otros himnos y banderas son contrarias”. Y ese es el problema de España desde hace muchos años; el exceso de banderas, el exceso de himnos y la incapacidad social de respetar una simbología común. Cada ideología –ya sea republicana o independentista, monárquica, de izquierdas o de derechas- desea imprimir su esencia, y lo primero que hacen para ello es –precisamente- lucir su bandera y su himno. Los ciudadanos españoles –si es que todavía existe España- no somos capaces de reconocernos en una simbología común que nos represente a todos. Por eso, como estado, somos una vergüenza. Y, por eso, somos de los pocos países “civilizados” del mundo que en su historia moderna han tenido una guerra civil.


La bandera española que existe en la actualidad es la que nos representa. Y no es mejor ni peor que la bandera republicana. Ni más bonita ni más fea. Es la que es, y mi obligación, como ciudadano español, es respetarla. No podemos estar toda la historia enfrascados en una estúpida y vergonzosa guerra de banderas y de himnos.



La desmotivación de los docentes

Toni García Arias | 26/05/2018
Educación


Cuando se habla de motivación en el ámbito educativo, casi siempre se habla de la motivación del alumnado. Por lo general, parece que la escuela desmotiva a los alumnos y que la función principal del docente es motivarlos para que estudien. Sin embargo, nunca se habla de los problemas de motivación de los propios docentes y, mucho menos, de lo poco que los alumnos motivan a sus profesores.


Es cierto que en este tema existen grandes diferencias entre Educación Primaria y Educación Secundaria. En Educación Primaria, la situación de los docentes es mucho menos dramática que en Secundaria y no existen -por lo general- graves problemas de desmotivación, aunque cada vez son más frecuentes. Sin embargo, en Secundaria, la situación es absolutamente desoladora: muchos docentes sufren a diario graves problemas que les hacen perder no solo la motivación sino, incluso, la propia vocación.


La motivación externa de un docente procede de tres sectores: la Administración, los padres y los alumnos. En el primero, está claro que hace ya muchos años que las consejerías de Educación y el propio ministerio perdieron el rumbo; es lo malo que tiene no contar con el profesorado para legislar y meter en los puestos más altos a bioquímicos o especialistas en ferrocarriles que, si bien en sus profesiones pueden ser eminencias, en educación son unos auténticos ineptos. En el actual sistema educativo, la burocracia lo ha invadido todo. Incluso podría decirse que es más importante que el propio aprendizaje. Y mil veces más importante que el propio docente.


En lo que respecta a los padres, poco se puede decir. La motivación que transmiten a los docentes es casi nula. Los padres desautorizan a los profesores frente a sus hijos, cuestionan sus decisiones y se quejan de las vacaciones que tienen. También se manifiestan para reclamar más horas de clase, pero no exigen a las empresas que les den más horas para conciliar la vida familiar con sus hijos. No quieren verlos ni en pintura. La dejación que muchos padres hacen de sus responsabilidades genera hijos sin normas, egoístas, egocéntricos, violentos y con baja resistencia a la frustración, pero eso sí, con una gran inclinación al alcohol, a las apuestas deportivas, al uso enfermizo de las tecnologías y a las drogas, aspectos que luego los padres reclaman que se solucionen en la escuela. Con esas características, llegan al aula infinidad de alumnos a diario. A veces, llegan incluso sin dormir, porque tienen ordenador, móvil y táblet en su habitación, y se pasan las noches enteras jugando o chateando o istagrameando o acosando a otros.


En cuanto a los alumnos, aparte de cansados, llegan sin ganas de pensar, y su actitud es de tal inactividad y tal falta de interés que terminan con la poca motivación que le ha quedado al docente después de pasar miles de estándares de aprendizaje al ordenador y de haber sido ninguneado por algún padre (o algún alumno) a la puerta del instituto.


Es cierto que los docentes deben intentar encontrar esa motivación muchas veces oculta en algunos alumnos. Es parte del propio proceso de enseñanza. Pero no es la única ni la más importante finalidad. Mayoritariamente, los alumnos deberían llegar a los centros educativos motivados de casa. Nadie les motiva para apostar en un partido de fútbol y, sin embargo, saben hacerlo a la perfección. O para conocer la barra de labios que lleva tal actriz, o para seguir a tal o cual youtubero; un youtubero, por cierto, que (gracias a esos jóvenes tan desmotivados para el estudio), cobra por hacer chorradas en un mes lo que todos los profesores de un instituto en un año. Por eso, no estaría de más que la Administración, los padres y los alumnos reconociesen el enorme mérito de los docentes por intentar contrarrestar toda la basura espiritual y ética que los menores reciben de la sociedad en general y de algunos padres en particular y, aunque no los motivasen, les mostrasen, como decía Jack Nicholson en Algunos hombres buenos, al menos, «un poco de jodido respeto».



Recuperar la ética en la educación

Toni García Arias | 24/04/2018
Cultura, Sociedad, Educación


A principio de esta semana, salí de casa para ir al hospital a hacerme una prueba, nada importante. Justo al salir del garaje con el coche hacia la calle, me encontré detrás de un enorme vehículo -un monovolumen de esos que por el brillo ya se ve que es carísimo- que circulaba muy despacio. Después de recorrer medio kilómetro detrás de él a una velocidad inferior a la de un caracol con lumbago, el vehículo se detuvo en mitad de la carretera y -unos segundos más tarde- el conductor puso el intermitente. Entonces, cuando comenzó a girar, pude observar que se trataba de una conductora que iba hablando por el móvil a carcajada limpia, como si estuviese viendo un programa del Comedy Channel, con dos niños sentados en sus silletas en la parte trasera. Impresionado por su comportamiento, le pité suavemente y le hice saber con un gesto de la mano en forma de teléfono que no se podía conducir hablando por el móvil, esperando que la mujer pidiese disculpas. Se me olvidó que estaba en España. La mujer no solo no pidió disculpas, sino que aún tuvo más que decir y -tras la ventanilla- comenzó a hacerme gestos descontrolados como los de un gorila enfadado detrás de una cristalera. Sin lugar a duda, su nivel económico y su nivel cultural no iban a la par, y ya se sabe que no hay nada peor que un imbécil con dinero. Seguramente, incluso imagino que esa madre, tan bien vestida, con ropa de marca tan elegante, será de esas que protestan porque en la escuela no les enseñan a sus hijos a usar correctamente las nuevas tecnologías. En fin.


Puede que algunos solo vean en esta anécdota una simple historieta, una curiosidad, pero es el reflejo de un tipo de conducta -muy extendida- que se ha contagiado en nuestro país gracias a una educación -tanto familiar como escolar- sin ética. Ya sé que, a algunos, cuando se habla de ética, les sale un sarpullido por el cuerpo, pero la ética es básica en la educación de cualquier individuo. La ética es la disciplina filosófica que estudia el bien y el mal y sus relaciones con la moral y el comportamiento humano, lo apropiado y lo inapropiado, lo correcto y lo incorrecto, lo debido y lo indebido y lo moralmente bueno y lo moralmente malo. Su estudio es básico para la formación de todos los seres humanos y es el centro sobre el que se sustenta la convivencia social y ciudadana pacífica. Si no existe ni bueno ni malo, ni moral ni inmoral, ni correcto ni incorrecto, cualquier acción es justificable, por muy despreciable que sea, ya que no habrá ningún código con que valorarla.


La bolsa o la vida

En España, desde que los gobiernos consideran que las ciencias sociales no son importantes para la formación de los alumnos, llevamos tanto tiempo sin ética en las aulas -y también en las casas- que parece que el comportamiento natural es el del sinvergüenza, el de aquel que -haga lo que haga- nunca le pasa nada, el del granujilla, el del mentiroso. Si echamos un vistazo al panorama social y político, nos damos cuenta enseguida de que -por falta de una ética común- en nuestro país se ha generalizado ese tipo de conducta: el que nadie dimita por sus engaños y triquiñuelas para conseguir tal o cual máster, el que nadie reconozca abiertamente su error y pida perdón por tirar a otro piloto de la moto en una carrera sin necesidad de justificarse, el que nadie se sonroje por aparcar en zona de minusválidos, el que nadie baje el volumen de su radio por si molesta a los vecinos, el que nadie tire las colillas a la basura, el que nadie cumpla las normas de la comunidad o el que nadie guarde silencio en el cine. Y eso es se debe a que, tanto si lo haces bien como si lo haces mal, obtienes el mismo resultado. Incluso mejor, si actúas mal.


La mujer de la anécdota demostró con su actitud que le es indiferente poner en riesgo la vida de los otros conductores, conduciendo mientras hablaba por el móvil; también demostró que no piensa en el resto de los conductores al no poner los intermitentes a tiempo y, por último, también demostró que ella no se siente responsable de nada de lo que pueda suceder por sus actos. Como ciudadana, es absolutamente despreciable. Pero lo peor es su ejemplo como madre. Como dice el proverbio africano, “se necesita a toda la tribu para educar a un niño”. Lo malo es cuando la tribu es la que no está educada.



El ocio en la infancia

Toni García Arias | 24/03/2018
Educación


En la época en la que transcurrió mi infancia, nuestros padres tenían la insana costumbre de enviarnos a jugar a la calle sin ninguna herramienta. Después de comer, te decían: “venga; vete a jugar”, y tú salías a toda velocidad por la puerta de tu casa sin ningún instrumento en las manos. Como mucho, algunas veces llevabas una pistola de petardos, una muñeca de plástico o un balón de fútbol, pero poco más. Por aquel entonces, los niños éramos más salvajes, más primitivos y -aunque no tuviésemos ningún artilugio para jugar- enseguida nos entreteníamos haciendo un arco de flechas con un paraguas roto, o construyendo una cabaña de madera con las ramas de unos árboles, o cazando grillos, o inventando historias para recrearlas o jugando al escondite hasta bien entrada la noche. Eran tiempos donde las máquinas no estaban destinadas al ocio y donde los aparatos no sustituían a las personas.


Hoy en día la situación del ocio en los menores es muy diferente. Posiblemente, un poco más triste. Los niños de hoy en día apenas saben jugar entre ellos. Y, mucho menos, jugar solos sin la presencia de una máquina. La situación ha llegado a tal extremo que algunos colegios están comenzando a incluir programas en los recreos para enseñar a los niños a jugar en el patio. Decirle a un niño de hoy en día “sal a jugar” sin darle un móvil o una tableta es como lanzarlo en mitad de un desierto vacío.


La bolsa o la vida

El ocio en la actualidad para los niños tiene varios problemas: el primero, es que se trata de un ocio individual. Es decir: los niños de hoy en día juegan solos. No existe interacción con otros niños más allá de una máquina. No hay contacto, no hay roce, no hay relación interpersonal. El segundo problema es que el ocio de los menores está ocupado casi exclusivamente por los videojuegos. No es que los videojuegos sean negativos en sí, pero el hecho de que solo se utilicen videojuegos para el ocio hace que el niño no pueda desarrollar otro tipo de habilidades propias de otros juegos. Además, los videojuegos ofrecen una recompensa constante, lo cual también impide el desarrollo de la capacidad de resistencia a la frustración y provoca una distorsión sobre la relación esfuerzo-recompensa de los niños en la vida real. El tercer problema sobre el ocio de los niños es que los padres no les dejan aburrirse nunca. Los niños de hoy en día están ocupados en todo momento. Si están viendo una película y se cansan a mitad, los padres les dan una tableta para que jueguen un rato. Y cuando se cansan de la tableta, les dejan la Play. Y si se cansan de la Play, los meten en una actividad extraescolar. Esto hace que, por un lado, los niños estén sobre-estimulados y, por otro, que no desarrollen la constancia. Además, la sobre-estimulación impide el aburrimiento, y el aburrimiento es muchas veces la madre de la reflexión que conduce a la creación.


Es evidente que las circunstancias de la vida familiar y social han cambiado, y que resultaría muy difícil que los niños de hoy en día se divirtiesen como los de antes, pero también es cierto que el ocio al que pueden acceder los niños en la actualidad es nefasto para su desarrollo. El juego tiene infinidad de beneficios, por eso no podemos dejarlo en manos de una empresa norteamericana de videojuegos. Debemos recuperar el aburrimiento, el juego en compañía, los juegos familiares, la plastilina, los rotuladores y, por qué no, un poco de ese sano salvajismo infantil primitivo de carreras a lo loco y golpes en las rodillas.



Los nuevos líderes

Toni García Arias | 17.02.2018
Política Nacional


Nelson Rolihlahla Mandela fue un conocido político y filántropo sudafricano considerado el mayor activista contra el apartheid. Tras estar 27 años en prisión, fue el primer mandatario de raza negra, elegido presidente de su país en 1994. Su Gobierno se dedicó a desmontar la estructura social y política heredada del apartheid a través del combate del racismo institucionalizado, la pobreza y la desigualdad social, así como la promoción de la reconciliación social entre negros y blancos.


Mahatma Gandhi fue el dirigente más destacado del Movimiento de independencia indio contra el Raj británico. Como modo de protesta para defender su ideología, Gandhi practicó la desobediencia civil no violenta. Debido a sus declaraciones públicas y a sus protestas continuadas, fue encarcelado en varias ocasiones. El 30 de enero de 1948, Gandhi fue asesinado por Nathuram Godse, un fanático ultraderechista hindú relacionado con el Gobierno que encontró en Gandhi un obstáculo para llevar a cabo su proyecto del alzamiento del hinduismo en perjuicio del resto de creencias y religiones.


Sir William Wallace fue un soldado escocés, de ascendencia galesa, que dirigió a su país contra la ocupación inglesa del rey Eduardo I de Inglaterra en la Primera Guerra de Independencia de Escocia. Tras ser traicionado, fue detenido, juzgado y condenado a muerte por traición al Rey.


De acuerdo con el método habitual de ejecución de la época para los casos de alta traición, lo desnudaron y lo arrastraron atado de los talones a un caballo desde el Palacio de Westminster hasta Smithfield, en Londres. Posteriormente, fue ahorcado a una altura que no fuese suficiente para romperle el cuello, descolgado antes de que se ahogase, emasculado, eviscerado, y sus intestinos fueron quemados ante él, antes de ser decapitado. Su cuerpo fue cortado en cuatro partes: su cabeza se conservó sumergida en alquitrán y fue colocada en una pica encima del Puente de Londres y sus extremidades fueron repartidas por distintas partes de Inglaterra.


A lo largo de toda la historia de la humanidad, han sido muchos los grandes líderes políticos que han defendido a su país hasta la muerte, ya fuese ésta violenta o natural. Todos esos líderes lucharon a sabiendas de las crueles consecuencias que sus actos podían acarrear. Todos ellos compartían características comunes de liderazgo, como la fidelidad a sus creencias, a su ideología y, evidentemente, a su país, y fueron dignos de admiración histórica por su compromiso y valentía. A parte de los aspectos políticos, uno de los aspectos que más me sorprende en el asunto de Cataluña es la nueva interpretación del liderazgo que tienen algunas personas.


Desde el punto de vista de la propia definición, Carles Puigdemont es todo lo contrario a lo que se entiende por un líder: fugado en cuanto existió la más mínima posibilidad de ser encarcelado; huido con nocturnidad mientras el resto de sus guerreros luchaban en el campo de batalla, oculto tras la seguridad de las redes sociales y viviendo cómodamente protegido en su paraíso como aquellos reyes que observaban desde una colina como sus soldados morían acribillados por las flechas enemigas mientras ellos comían fresas cómodamente en su carruaje.


Las rebajas ya no solo pertenecen al ámbito de los objetos; también los valores están de saldo, y las sociedades son más simples, más inútiles, más deficientes, y eligen a sus líderes (solo hace falta ver a los gobernantes actuales) a su imagen y semejanza.



Feliz Navidad

Toni García Arias | 23.12.2017
Educación


A lo mejor es solo una percepción mía y estoy equivocado, pero tengo la sensación de que las calles, los comercios y las casas están menos decoradas de navidad que en otros años. Da la sensación de que, de algún modo, poco a poco nos hemos ido cansado de la navidad. La tenemos un poco aborrecida. Unos, porque creen que se ha convertido en una fiesta consumista sin otro valor que el de comprar objetos que no sirven de nada. Otros, porque eso de que tenga connotaciones religiosas les crea una urticaria a lo largo y ancho de su sensible moralidad. Otros, porque detestan a sus familias y están hasta las narices de las gracietas de sus cuñados. Sea como fuere, el caso es que parece que la navidad, al igual que la economía, el sistema de valores o la inteligencia, está en crisis.


Yo no puedo negar que soy un tonto de la navidad. Me gusta la navidad. Me encanta la navidad. A pesar de que mi memoria a corto y largo plazo no funciona como debiera, tengo muchos recuerdos infantiles maravillosos de esas fechas; los dibujos animados de por la mañana sentado en el suelo frente a la televisión, los payasos de la tele y su «Hola don Pepito», la estufa a todo gas con los mofletes a punto de estallar, las visitas de los familiares, los nervios de la noche de la llegada de los Reyes Magos, las uvas en familia con los carrillos hinchados, el ruido del tapón del champán al salir y ver a quién le caía, los villancicos en el coche durante los viajes, el sorteo de la lotería de navidad, el sabor del turrón comido a escondidas, los primos jugando en la calle hasta las tantas de la noche. Todo eso hace que, de algún modo, le deba a la navidad una especie de tributo por la enorme cantidad de experiencias vitales que me ha brindado.


Cada mañana, al levantarme, soy feliz al poder disfrutar de un nuevo día con salud al lado de las personas y los animales a los que quiero y me quieren. En realidad, no se necesitan muchas más cosas para ser feliz. Salud, un trabajo que nos dé para vivir y personas que nos aporten algo bello y positivo cada día. Con eso basta. Todo lo demás, es puramente circunstancial. Y, sobre todo, efímero. Lo que sucede es que hoy cada vez estamos más llenos de odio, de vanidad, de orgullo, de envidia, de resentimiento, de egoísmo, de estupidez y eso hace que no sepamos encontrar entre toda esa basura que es lo realmente importante. Hoy en día, cada vez somos más ricos por fuera pero más pobres por dentro. Tal vez si fuéramos más ricos por dentro y más pobres por fuera sabríamos apreciar la importancia de la verdadera amistad, la importancia del verdadero amor, la importancia de una verdadera familia, la importancia de vivir.


Tal vez a usted no le guste la navidad, y lo entiendo. Tal vez todo eso de la navidad no le parezca a usted más que una niñería, un infantilismo, una tontada, y lo entiendo. Tal vez la navidad le parezca a usted una época consumista y no quiera formar parte del espectáculo, y lo entiendo. Pero del modo que vivamos la navidad solo depende de nosotros. Algún día, con suerte, estaremos tirados en la cama de una residencia con la dentadura en un vaso de cristal y la única compañía de un pañal en el culo, y quizá entonces echemos de menos la navidad, aunque fuera en compañía del pesado de nuestro cuñado.


Yo, por mi parte, no estoy dispuesto a que llegue ese día y echarme en cara que no hice lo suficiente para ser feliz. Así que, la celebre o no la celebre, le deseo de todos modos ¡Feliz Navidad!



La justicia del viejo oeste

Toni García Arias | 17.12.2017
Educación


Para la justicia que tenemos hoy en día, la verdad es que prefiero la justicia del viejo Oeste. En el viejo Oeste uno sabía quién era el bueno y quién era el malo, y al malo, en cuanto se le cogía, se le colgaba de un patíbulo o se le llenaba de plomo. Y asunto acabado. En el antiguo Oeste, por ejemplo, si alguien entraba en tu pequeño rancho con la intención de robarte un ternero o un caballo, podías coger tu viejo Winchester y sacarlo de allí a balazos. Hoy en día, en cambio, con las leyes que tenemos, si alguien entra en tu casa con la intención de robarte y tú le das una paliza o lo hieres, el que va a la cárcel eres tú. En el antiguo Oeste, por ejemplo, la justicia no dependía de la mayor o menor destreza del abogado, ni siquiera del dinero del demandado o del demandante, sino de lo que era y lo que no era justo.


Hoy en día, en cambio, las posibilidades de acceder a una justicia justa (parece mentira que al lado de la palabra justicia haya que poner la palabra justa); como digo, para acceder a una justicia justa tienes que pedir un préstamo y tener la suerte de que te toque un juez con sentido común, algo que cada vez es menos frecuente en el mundo de la judicatura. La situación de la justicia en nuestro país ha llegado a tal punto que incluso en ocasiones los demandantes han coincidido con los demandados en la misma sala de espera del juzgado: personas que han tenido que estar al lado de los ladrones que habían entrado en sus casas y les habían dado una paliza o mujeres frente a la persona que las había violado, algo absolutamente demencial y tercermundista. Pero aún con todo, eso no es lo peor; lo peor es que si te toca un juez de esos con la mirilla torcida y una neurona rebotando en su cerebro, los delincuentes quedarán libres y el que tendrá que pagar con dinero o con días de cárcel serás tú.


El problema en nuestro país con la deficiente justicia que tenemos ha traspasado lo meramente judicial y se ha trasladado a la propia sociedad. No es cierto, por ejemplo, como se dice, que no exista una sensibilidad social hacia el maltrato de la mujer. Eso es algo absolutamente falso. Las personas que presencian el ataque de un hombre a su pareja y no actúan no es porque no estén sensibilizados. Muchos de nosotros desearíamos intervenir para defender a esa mujer y partirles las piernas si hiciese falta al maltratador. El problema es que si lo hacemos, los que vamos al trullo seremos nosotros. Y al salir del trullo, el maltratador nos estará esperando para darnos cuatro puñaladas, mientras el Estado no hará absolutamente nada por defendernos. Lo mismo sucede cuando vemos a un grupo de personas quemando un contenedor, o aparcando en zona de minusválidos, o tirando una botella de cristal al suelo, etc. No les decimos nada porque los que tenemos todas las de perder somos nosotros. Y es que cuando la justicia no funciona y cuando el Estado no defiende a los justos, lo único que podemos hacer los ciudadanos es mirar hacia otro lado. Incluso muchos miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado se quejan pública y privadamente de que cuando detienen a un delincuente y lo dejan en el juzgado están en la calle mucho antes de que a ellos mismos les dé tiempo a regresar al coche patrulla. Y no estoy exagerando.


En fin, que aunque pueda parecer una locura, hoy en día la justicia se ha convertido en un peligro para los ciudadanos, en algo a lo que tenerle miedo, como al hombre del saco. Pero solo para aquellos ciudadanos que pagamos impuestos y cumplimos con las normas, porque los Rato, los Pujol, los carteristas del Metro de Madrid, los mafiosos de todas las partes del planeta, los vecinos que no pagan la comunidad, los que conducen sin carnet, los que hacen botellón en un parque infantil, los que ponen la música a todo volumen, esos, todos esos, en nuestro país, viven como si estuviesen de vacaciones en el mismísimo paraíso.



"Recuperar el asombro de los niños"

Toni García Arias | 01/12/2017
Educación


Según un estudio de la Universidad John Hopkins publicado en The British Medical Journal, en relación a la salud de las personas, hay tres causas fundamentales de muerte: las enfermedades cardiacas, el cáncer y las negligencias médicas. Tal como lo han leído: las negligencias médicas.


De hecho, las negligencias médicas se sitúan en Estados Unidos en el tercer lugar de la mortalidad por razones de salud. Se calcula que en ese país más de 251.000 personas mueren al año por este motivo. Para que se puedan hacer una idea, lo que sería la ciudad de Granada entera. Por su parte, en nuestro país, se calcula que unas mil personas mueren al año por negligencias médicas, una cifra excesivamente bondadosa gracias a las enormes dificultades que existen en España para denunciar malas prácticas médicas. Si la facilidad para denunciar y conseguir sentencias favorables fuese semejante a la que existe en Estados Unidos, las cifras se dispararían.


Aunque es cierto que nuestro sistema sanitario tiene la gran virtud de atender a todos los ciudadanos de manera gratuita y de que para las enfermedades graves funciona casi a la perfección, la verdad es que cada vez la sanidad pública (y también la privada) da peor respuesta y hay peores profesionales. Sé que algunos me echarán los perros, pero no estoy diciendo nada que los propios profesionales de la sanidad no sepan. Todo lo contrario: de puertas para dentro, los buenos profesionales se lamentan amargamente de la inutilidad de muchos de sus compañeros.


Casi con total seguridad, usted o alguien de su familia habrá vivido u oído en los últimos meses alguna desagradable experiencia en un hospital, ya sea como paciente o como visitante. Cada vez, por ejemplo, es más frecuente ver a enfermeros y enfermeras caminando con el móvil por los pasillos compartiendo risitas. O médicos que no saben diferenciar entre una reacción extrapiramidal y un ataque de ansiedad. O ayudantes técnicos que te dicen con malos modos que tienes que ayudarles a cambiar la cama porque no tienen personal suficiente. O médicos que envían a tu madre a casa y te mandan una nota diciéndote cómo tienes que ponerles una infinidad de medicación como si fueses un practicante. O ver la sala de curas vacía y enfermeros y médicos paseando mientras tu madre tiene una brecha de diez puntos en la cabeza.


El grado máximo de esta tendencia a la falta de profesionalidad está en el trato que se les da a los ancianos. En los últimos días, han salido a la luz imágenes de personal sanitario golpeando a personas mayores, o insultándolos, o riéndose de ellos mientras sufrían una parada cardiorrespiratoria. Eso, ya no solo denota una negligencia profesional, sino una inhumanidad manifiesta propia de un delincuente.


Admiro a los médicos. A los buenos médicos y al buen personal sanitario. Siento por ellos una admiración y un respeto casi divino. Ellos salvan ojos, piernas, riñones, páncreas, pechos, vidas. Son dignos de toda nuestra alabanza como sociedad. Sin embargo, aborrezco a los malos médicos, a aquellos inútiles que hacen que pierdas ojos, piernas, riñones, páncreas, pechos o vidas.


Cuando estamos enfermos, cuando sentimos dolor, ponemos nuestras vidas en las manos de los médicos y del resto del personal sanitario. Eso hace de la sanidad una profesión con una enorme responsabilidad, pero también muy gratificante. Quien no sepa apreciarlo, por todo el mal que genera, no merece estar en esa profesión.



 

 

 

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