Toni García Arias

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La muerte de Europa o la Unión Latinoamericana

Toni García Arias | 01/05/2017
Educación


La líder ultraderechista francesa Marine Le Pen aseguró hace unas semanas en una entrevista publicada por el dominical alemán “Bild am Sonntag” que la Unión Europea ha muerto, aunque todavía no lo sabe. En realidad, yo creo que la Unión Europea ya nació muerta. Y nació muerta porque la Unión Europea, desde sus inicios, nunca tuvo la intención de servir a los intereses de los ciudadanos, sino de servir a los intereses de los políticos y de las grandes empresas. Como ciudadano europeo, yo nunca he sentido particularmente esos enormes y maravillosos beneficios de pertenecer a la Unión que nos aseguran desde las instituciones europeas. Posiblemente, todo lo contrario. La corrupción política de los países europeos pertenecientes a la Unión ha aumentado; se han duplicado, triplicado o cuadriplicado las instituciones, lo cual hace que también se dupliquen, tripliquen o cuadrupliquen el número de políticos que tenemos que mantener; se ha aumentado la brecha económica entre los países ricos y los países pobres de la Unión, y –por consiguiente- también entre los ciudadanos más ricos y los ciudadanos más pobres; las grandes empresas cada vez tienen mayor poder y se les permite mayor injerencia en el ámbito legislativo; la gestión de la inmigración ha sido realmente desastrosa, lo mismo que la gestión de la crisis económica, que ha resultado absolutamente ineficaz. Todo ello demuestra que la Unión Europea es una máquina que políticamente y económicamente no funciona.


Por si esto fuera poco, la moneda común no ha servido tampoco para crear una unión cultural y, mucho menos, una unión sentimental. Los alemanes siguen sintiéndose alemanes; los italianos siguen sintiéndose italianos; los españoles no se saben muy bien cómo se siente; los belgas siguen sintiéndose belgas, y ninguno de ellos se siente más europeo que hace diez años. De ese modo, la Unión Europea, desde el punto de vista social, es tan solo una unión en un papel que no sirve para gran cosa.


Este fracaso en la Unión -que ahora se está haciendo palpable con la salida del Reino Unido- ha servido como caldo de cultivo para el aumento de la extrema derecha y del populismo, que han sabido sacar fruto de la inutilidad de la política europea, especialmente en el tema de la inmigración y en materia económica. Estos partidos extremistas y populistas han sabido apelar al sentimiento patriota más profundo de los ciudadanos, lo cual no quiere decir que en algunas de sus críticas no tengan razón. Su resurgimiento es la prueba del fracaso de esos políticos que se dicen más moderados pero que moralmente son despreciables por ocultar la corrupción y políticamente inútiles a la vista de su gestión. Muchos ciudadanos europeos quieren o una Europa unida o volver a lo que había antes. No puede existir una verdadera unión europea si hay dos velocidades distintas; no puede existir una verdadera unión europea si hay enormes diferencias económicas insalvables entre los diferentes países; no puede existir una verdadera unión europea si solo aumentan los impuestos pero no los beneficios; no puede existir una verdadera unión europea si los políticos europeos crean instituciones solo para enchufar a sus amigos o para desviar fondos comunes para beneficiar a determinadas empresas; no puede existir una verdadera unión europea si cada país sigue manteniendo su poder legislativo. Por desgracia, la Unión Europea se empezó por el tejado, y ahora que estamos cayendo, vemos que en realidad no se ha hecho nada para construir los cimientos.


En lo que respecta a España, siempre he defendido que la unión política y la unión económica que deberíamos haber realizado en su momento era la unión con los países latinoamericanos. Existe entre nosotros una cultura semejante, una historia compartida y una lengua común. En ese sentido, a pesar de los acuerdos bilaterales entre España y los países latinoamericanos, es cierto que nuestro país se ha desvinculado con excesiva frecuencia de la economía y –sobre todo- de los problemas de Latinoamérica. Desde el punto de vista económico, la riqueza de España unida a la riqueza de los países latinoamericanos podría habernos convertido en una de las grandes potencias mundiales, a la altura de Estados Unidos o de China. Es cierto que hay países latinoamericanos donde existe una gran corrupción –como en nuestro país–, y también es cierto que en algunos países de Latinoamérica reina el populismo, pero también es cierto que ambos son problemas que, con una adecuada constitución y las instituciones necesarias de control, podríamos solventar. No podemos olvidar que en lo que se refiere a recursos, Latinoamérica tiene una riqueza inigualable, una riqueza que en muchos casos los gobiernos nacionales no han sabido gestionar o que han mal vendido, pero con una unión sólida, una buena gestión y unos intereses comunes podrían convertirse en bienes productores de una enorme riqueza.


Nuestra situación en el mundo hace que geográficamente seamos europeos. Parte de nuestra historia está, sin duda, unida a la historia de Europa. Sin embargo, nuestra historia principal como país desde hace quinientos años está unida a la historia de Latinoamérica. Para bien o para mal, unos y otros somos hermanos de sangre. En momentos difíciles, nuestros países se han ayudado mutuamente y han acogido a una gran cantidad de inmigrantes de ambos lados del Atlántico. Nuestra historia común demuestra que somos capaces de superar las mayores dificultades, lo cual significa también que -uniendo nuestras fuerzas- podríamos convertirnos en la referencia económica y cultural del mundo.



Yo soy América

Toni García Arias | 13/03/2017
Educación


No puedo negarlo. Estoy completamente de acuerdo con el presidente Trump: “América primero”. Todos los presidentes de todos los países del mundo deberían decir “mi país primero”: China, Argentina, España, Alemania, Túnez… Todos los presidentes de todos los países del mundo deberían preocuparse antes de nada por su país. En ese sentido, me siento tan patriota como el presidente Trump. Mi país primero. A pesar de lo que algunos puedan pensar, ser patriota no es negativo. Ser patriota significa amar profundamente la patria propia y trabajar por ella. No hay nada malo en esa definición. Luchar por mejorar nuestro país es algo digno de alabar. El problema viene cuando alguien -según sus particulares criterios subjetivos o según su interés económico o político- decide quién es patriota y quién no lo es, quién es América y quién no lo es. Y, lo que es más preocupante: quién es amigo y quién es enemigo de su país.


Mi bisabuelo emigró a Estados Unidos hace muchísimos años. Exactamente, a Nueva York. Allí vivió desde los veintidós años hasta que falleció en esa misma ciudad. Mi bisabuelo trabajó en la construcción de varios de los edificios que hoy se levantan en sus calles, en un Nueva York que estaba sin hacer, en un Nueva York violento, en un Nueva York aún sin civilizar. Mi bisabuelo ayudó a levantar esa ciudad virginal, ese Nueva York que comenzaba a encaminarse hacia la gran ciudad que es hoy en día. En algunos de esos edificios de Nueva York, está la mano de mi bisabuelo, su sudor, su sacrificio, su alma. Su historia vital está unida a la historia vital de Nueva York, a la historia vital de Estados Unidos, y nadie puede negarle el derecho a ser más estadounidense que cualquier otro, que el mismísimo presidente Trump, a pesar de su nacimiento, de su raza, de su color o de su número de calzado.


Americano -en el sentido al que se refiere el presidente Trump como sinónimo de estadounidense- es todo aquel que vive en Estados Unidos. Sea hispano, israelí, croata, chino o senegalés. El origen o la procedencia de cada cual es absolutamente indiferente. Da igual que esa persona a la que vemos todos los días trabajando en el McDonal’s de la esquina haya nacido en Queens o en Monterrey. Da igual que esa persona que trabaja en Apple sea de Kalorama o de Medellín. Nada los hace diferentes a la hora de ser considerados norteamericanos. La vida de un país es la suma de la vida de cada una de las personas que lo componen, de las personas que trabajan y luchan por mejorar ese país. Tanto unos como otros merecen la atención y –sobre todo- el respeto de su presidente, porque todos ellos -con su esfuerzo diario, con su sacrificio diario- hacen que Estados Unidos sea lo que es hoy en día.



Legislar para corruptos

Toni García Arias | 05/03/2017
Educación


Según parece, en este país –o lo que sea-, no hay nada mejor que ser un ladrón. Pero no un ladrón de tres al cuarto, sino un ladrón de categoría. Vistas las sentencias que se han dictado y que se están dictando en los últimos casos de corrupción, da la sensación de que nuestro sistema judicial está hecho para arropar a los grandes ladrones. La corrupción y el latrocinio en nuestro sistema “democrático” han calado de tal modo que ser corrupto en este país es casi una obligación. Aunque uno no quiera, el sistema lo induce a ello, ya que, mientras los corruptos logran grandes puestos de poder en sus empresas o en las instituciones y grandes fortunas, los que no son corruptos –aunque tengan mucho mejor currículo y mejores cualidades- se quedan por el camino. Para medrar en España, hay que corromperse. Y hacer muchos amigos. Solo así, escalaremos en nuestra carrera profesional.


Aunque la sentencia judicial sobre el caso Nóos es uno de los temas más comentados, no voy a hacer siquiera una valoración de la misma. Y no voy a hacer una valoración porque, aunque se ajuste a la ley y toda esa palabrería judicial creada para que los pobres no podamos acceder a una justicia real, es una sentencia que desde el punto de vista ético y moral –dos palabras en desuso- avergüenza. La sentencia sobre el caso Nóos no viene más que a agrandar y reforzar esa sensación que tenemos una gran mayoría de los ciudadanos españoles sobre la inmunidad de la clase política, empresarial y aristocrática de nuestro país. Lo mismo sucede con el caso de las tarjetas “black”: una panda de chorizos y escoria humana forrándose bajo la “protección” de las leyes y de un gobierno mientras sus bancos se hundían y eran rescatados con el dinero de nuestros hijos; desgraciados inmorales que siguen con sus cuentas intactas, condenados a penas menores que si hubiesen robado un pollo asado para comer.

Legislar para corruptos


Los delitos contra el estado en España salen casi gratis. De ahí, la frase de que “si robas, hazlo a lo grande”, porque cuanto menor sea la cuantía robada más años de cárcel te caerán. Una parte importante de esos “políticos” que dicen querer gobernarnos lo que en realidad están queriéndonos decir es que están deseando llegar al poder para lucrase personalmente, para colocar a sus familiares y amigos y para asegurarse un gran retiro y una mejor jubilación. Ellos, los legisladores y gobernadores de este país, son los que nos dicen a los trabajadores -sin el menor rastro de vergüenza- que tenemos que trabajar hasta los setenta años porque si no el sistema se hunde, mientras ellos se retiran a los cincuenta con una pensión millonaria después de haber hundido a un banco, a una empresa o al país entero. Ellos, los legisladores y gobernadores de este país, nos dicen que Trump es peligroso porque gobierna a favor de sus empresas y su patrimonio, mientras ellos, al dejar el gobierno, pasan a formar parte –sin tener ni idea del tema- de los comités de las grandes empresas eléctricas, de telefonía, de bancos o de fundaciones inyectadas de dinero público. Entonces, ¿para quiénes legislan?, ¿para quiénes gobiernan?



La invasión zombi

Toni García Arias | 17/02/2017
Educación


Como el mundo va tan rápido y cada día aparecen cosas nuevas y extraordinarias, de vez en cuando surgen también nuevas palabras para poder definir tanto avance y tanta evolución. Una de esas palabras es la expresión “influencer”. Según la definición más compartida, un “influencer” es una persona que cuenta con cierta credibilidad sobre un tema determinado y que tiene una enorme presencia e influencia en las redes sociales. Eso hace que, por un lado, esas personas sean grandes generadoras de opinión y, por otro, que sean muy valoradas y perseguidas por las marcas comerciales. Hoy en día, los influencers tienen tanto poder que incluso pueden hacer variar al alza o a la baja el precio de una acción con un simple comentario en Twitter o Facebook. Incluso aparecen en muchos anuncios de televisión aunque usted o yo no los conozcamos.


Muchos de esos llamados influencers son youtubers. Los youtubers son personas que graban vídeos y los suben a la plataforma YouTube. Si no le suena este concepto, no se preocupe; es lo que su hijo quiere ser de mayor. Aunque esto de grabar vídeos y colgarlos en Internet pueda parecerle una estupidez, no lo es en absoluto. Se cree que los youtubers más seguidos en el mundo ganan -entre lo que generan con sus cuentas en YouTube y los contratos de publicidad- más de 2.500 millones de euros anuales. El Rubius, por ejemplo, que es el youtuber español más reconocido internacionalmente con más de 21 millones de suscriptores, se cree que gana cerca de 2.000 millones.


Los influencers y los youtubers son tan deseados y amados por la masa que incluso las editoriales más potentes les publican sus libros; libros de un lenguaje tan simple que parecen escritos para otro tipo de animales. Si Cervantes o Shakespeare tuvieran hoy 23 años, andarían como unos pobres desgraciados buscando editorial sin encontrarla. Y es que las grandes editoriales han evolucionado tanto que también habría que buscarles otro nombre. Pero si creen que esto es pasajero, están completamente equivocados; el mundo ha cambiado y ya no es lo que usted o yo creíamos que era. De hecho, hace unos meses, la prestigiosa revista “Time” publicó una lista de los “líderes de la próxima generación”. Como no podía ser de otro modo, en esa lista aparecen ya varios de esos youtubers, entre los cuales está el famosos Rubius, un chaval que se está forrando haciendo videos presuntamente graciosos; vídeos que son muy semejantes a las chorradas que usted o yo hacíamos en casa con doce años en Nochevieja pero que tuvimos la decencia de no compartir en público.


Algunos pensarán que estoy dramatizando, que ninguna generación comprende a la que viene detrás, que la juventud es así, que hay que saber reírse, que el mundo evoluciona. Sin embargo, en este mundo actual, con el resurgimiento de los populismos, con el extremismo religioso en algunos países, con la crisis económica que solo pagamos los pobres, en un mundo donde el 1% más rico -entre los que están estos youtubers- posee tanto patrimonio como el resto de la humanidad, donde los casquetes polares están desapareciendo, donde miles de animales se extinguen a diario, en un mundo así, lo que menos necesitamos es a un presunto líder que solo hace mamarrachadas. Y, desde luego, mucho menos, a 21 millones de personas visionándolas en tan solo un minuto. Aunque nunca lo habría imaginado, la invasión zombi del planeta ya ha comenzado.



El amor, las feministas y los descerebrados

Toni García Arias | 29/01/2017
Educación


Yo no lo vi, pero según he podido comprobar con posterioridad, el programa de “El Hormiguero” en el que se entrevistaba a una futura astronauta dio mucho juego. Según parece, la chica -Alyssa Carson-, que solo tiene quince años, ha tenido desde su infancia el sueño de vivir en Marte. Debido a su esfuerzo, su sacrificio y su constancia -con 15 años habla ya 5 idiomas- la NASA ha decidido prepararla. En principio, la misión consistiría en vivir en Marte dos o tres meses, un tiempo considerable teniendo en cuenta que solo para llegar al planeta rojo se calculan unos nueve meses. Como podemos imaginar, la preparación para realizar una misión semejante debe ser extraordinaria. Sin embargo, lo que invadió las redes sociales no fueron comentarios acerca de los cinco idiomas que habla la chica, o su preparación física para realizar la misión, o la enorme preparación psicológica o de conocimientos físicos y químicos que deberá adquirir. Lo que invadió las redes sociales fueron comentarios sobre sus orejas. Tal como lo oyen; sus orejas. Como no podía ser de otro modo, en un país plagado de ignorantes, muchos de los telespectadores comenzaron a hacer comentarios jocosos en las redes sobre las enormes orejas de la chica. Y, paradójicamente, lo hacía gente -he visto sus fotos- con cara de mandril, o con dientes de conejo, o con pelos de puercoespín. Y, todos sin excepción, con cerebro de gusano. Para resumir; estamos rodeados de ciudadanos a los que no les impresiona el esfuerzo o la preparación de una cría de 15 años pero sí sus orejas. Y es que en España las coñas nos vuelven locos. Es nuestra seña de identidad por el mundo. Yo, solo por reírse de una menor y de un presunto defecto físico, los metía en una nave espacial y los mandaba a tomar por saco a Marte. Pero sin escafandra. Y luego dicen que el “bullying” surge en las escuelas.


Por si esto fuera poco, otro de los momentos estrella, parece ser, fue la pregunta de Cristina Pedroche. Según han escrito los diarios, la pregunta era: "Pero, ¿y si te cambia la vida? Lo mismo conoces, yo qué sé... Tienes una pareja ideal que dices: es que no me quiero separar nunca y no me quiero ir a Marte, porque entiendo que eso... se tarda un montón en llegar allí". Evidentemente, no es que sea la pregunta del siglo, pero tampoco es una mala pregunta. Está horriblemente enunciada, pero se entiende perfectamente lo que quiere decir. Sin embargo, lo que llamó la atención no fue la mala estructura gramatical, sino que alguien se atreva siquiera a insinuar que una persona pueda dejar “todo” por amor. Más si es una mujer. Como no podía ser de otro modo, las guerrilleras feministas enfundadas en sus trincheras de bloges, facebookes y twittereses salieron a destripar a Cristina Pedroche (aunque no sea el caso, hay personas que no están dispuestas a admitir que existan mujeres guapas e inteligentes, y cuando eres una máquina intelectual te critican por las orejas y, cuando eres guapa, te critican por el cerebro). Estas guerrilleras feministas -tan librepensadoras, tan avanzadas en sentimientos de justicia y democráticos- deberían aceptar que cada cual es libre de decidir qué hacer con su vida. Por si no se han dado cuenta, Franco ha muerto. Ya hay libertad sexual. Puedes sacarte una teta en una iglesia -solo en una católica - o mear en la calle con el vello púbico al viento como modo de protesta. A lo mejor es que están tan ocupadas en criticar que no tienen tiempo para leer. Sino, verían que todos los días a todas horas hay en el mundo hermosas historias de amor de hombres o mujeres o hijos que superan mil adversidades para estar juntos. El feminismo no debe demonizar el amor, no debe quemar en la hoguera a la mujer que decida quedarse en casa; el feminismo debe perseguir las actitudes, leyes o comportamientos que hacen que hombres y mujeres no tengan los mismos derechos. Aquí, pero también en el resto del mundo. Lo demás; pura ignorancia y demagogia.


El amor, las feministas y los descerebrados

Acoso escolar

Toni García Arias | 22/01/2017
Educación


Después de las noticias del suicidio de una menor en Murcia y el vídeo de una agresión a un alumno en la misma comunidad, el tema del acoso escolar ha vuelto a invadir los medios de comunicación.


El acoso escolar en España es un problema difícil de tratar. Para empezar, debemos reconocer que los españoles somos un país bastante inculto y embrutecido. Por ejemplo, tenemos una cultura muy permisiva con el maltrato animal o con las novatadas en las facultades o institutos. Sin ir más lejos, las novatadas en la mili son todo un clásico en nuestras costumbres, orgullo de infinidad de hombres. Muchas personas niegan nuestros problemas culturales, y me critican muy a menudo por denunciar siempre en mis artículos que España es –en general- un país inculto. Sin embargo, negar la realidad no los hace mejores y, sin duda, no nos ayuda a solucionar los problemas. Negar la realidad, de hecho, hace que jóvenes de trece años se suiciden. Por eso, para abordar el fenómeno del acoso escolar debemos reconocer esa parte embrutecida de nuestra cultura más rancia y penalizarla. Porque, nunca lo olvidemos, el acoso no nace en la escuela, se ejecuta en la escuela, que es algo muy diferente. El acosador acosa en la escuela, pero también en el parque, en la calle y en cualquier otro espacio. Así que, al hablar de acoso escolar, lo primero que debemos tener en cuenta es que el acoso es un problema social, no un problema educativo. Es un problema social que afecta al plano educativo.


Acoso escolar

En cuanto a ese ámbito educativo, lo más importante es la prevención. Los programas de prevención para el acoso escolar hacen que disminuyan considerablemente ese tipo de casos. Para ello, es importante que dentro del horario escolar existan horas dedicadas a tratar problemas en el centro o personales y a aprender a solucionar conflictos. Llámenle educación emocional, llámenle tutoría. En esas clases pueden detectarse problemas y atajarlos con rapidez. Cuando el caso de acoso ya ha sucedido, lo importante es que la administración –las consejerías de educación- intervengan de manera tajante. No digo el centro educativo, porque cada vez los equipos directivos tienen menos poder para sancionar. Ante los casos de acoso demostrados, es importante que el niño acosado se sienta protegido, y que el acosador se sienta asustado. Sin embargo, curiosamente, en España el niño acosador se siente protegido y el niño acosado tiene que cambiarse de centro. Evidentemente, ese alumno acosador debe ser tratado, pero también debe ser sancionado. Su derecho a recibir una educación gratuita –pagada con dinero público- debería estar en suspenso, ya que no la aprovecha, y los padres deberían comenzar a pagar los costes de su permanencia obligatoria en un centro educativo. No se puede meter al zorro en el gallinero y, además, ponerle una alfombra roja para que se pasee. Por último, toda la comunidad educativa en su conjunto –padres, profesores y alumnos- deberían ser más intolerantes con ese “acoso” de baja intensidad, que es el inicio de las agresiones posteriores. Porque en este, como en otras muchas ocasiones, o estamos con los justos o –si nos callamos- estamos con los criminales.



La bolsa o la vida

Toni García Arias | 15/01/2017
Educación


Según el sentir popular, los médicos y los enfermeros españoles –hombres y mujeres- son de los mejores del mundo. Y es cierto. La preparación universitaria de nuestros médicos y de nuestros enfermeros es, por norma general, muy superior en calidad –y en años- a la de médicos y enfermeros de otras partes del mundo.


Pero, además de toda esta preparación teórica, nuestros médicos y nuestros enfermeros están tremendamente preparados gracias a su experiencia en el campo de batalla. Trabajar en un hospital español hoy en día es como trabajar en un hospital de campaña de la I Guerra Mundial: enfermos tirados en camillas por los pasillos, pasillos repletos de gente que grita de dolor, ancianos anclados a sillas de ruedas por falta de camillas, niños llorosos, colapso en la sala de urgencias, falta de personal, horas y horas de espera, suciedad, comida precaria, televisión de pago, etc. Por si todo lo dicho anteriormente fuera poco para poder desarrollar una profesión decentemente, los médicos y enfermeros españoles deben enfrentarse cada día a agresiones o insultos por parte de pacientes o familiares de pacientes. El año pasado, por ejemplo, las agresiones a médicos aumentaron un 5%, alcanzándose un total de 361 agresiones. Es cierto que cuando a uno no le atienden correctamente le asaltan unas ganas enormes de darle una ristra de collejas al primero que se encuentre, pero muchas veces esa ristra de collejas va mal dirigida. Es verdad que hay médicos y enfermeros que caminan por los pasillos como si se hubiesen fumado treinta porros, importándoles un carajo si hay más o menos enfermos. Sin embargo, también es cierto que la gran mayoría de nuestro personal sanitario es tremendamente eficaz y profesional y está más cansado que usted y que yo de los recortes que están sufriendo. El problema, por tanto, de la sanidad española no es la calidad de nuestro personal sanitario; es la falta de personal y la pésima gestión. Las salas de urgencias se colapsan porque los pacientes saben que es el único lugar donde van a ser atendidos a tiempo, ya que las citas para ciertas pruebas pueden tardar más de un año, lo que puede suponer la muerte de cualquiera. Es cierto que hay personas que abusan de esas emergencias, pero basta con sancionarlos para que se les quiten las ganas de seguir colapsando las urgencias de hospitales por auténticas minucias.


La bolsa o la vida

Por otro lado, según el Tribunal de Cuentas, el rescate bancario ya ha costado a las arcas públicas 60.718 millones. Es lo que se conoce como “tú asesina que nosotros limpiamos la sangre”. Con 61 millones de euros se pueden mejorar muchísimas cosas en nuestro país. Gastar dinero público –suyo y mío- en el rescate a entidades privadas es un fraude a los ciudadanos. Ahora -a cambio de todo ese dinero que les hemos dejado- habría que exigirles a los presidentes y directivos de todas esas entidades bancarias que se acerquen a los hospitales a echar una mano, a limpiar los orines de un pobre anciano que no puede disponer de la atención necesaria por culpa de la falta de personal, o que se lleven a sus enormes mansiones a todos esos abuelos tirados en camillas por falta de camas, o que trasladen en sus lujosos coches a enfermos que no pueden ser trasladados por falta de ambulancias. O, como mínimo, que devuelvan todo el dinero prestado con intereses y cláusulas abusivas. De lo contrario, ellos –junto con los políticos que lo consienten- son culpables de todas las posibles muertes causadas por los mal llamados “recortes”.



Libertad de expresión o el totalitarismo de la ignorancia

Toni García Arias | 09/01/2017
Educación


Dice el economista estadounidense Thomas Sowell que “no hay una forma más estúpida de tomar decisiones que ponerlas en manos de personas que no pagan ningún precio por estar equivocados”. Aprovechando esta frase, hoy voy a hablarles de un tema que me preocupa. Y me preocupa porque cada vez hay más. Estoy refiriéndome a los necios. Sé que hablar de los necios puede causar cierto rechazo, por eso de que hay que respetar a todo el mundo y ser políticamente correcto. Y, efectivamente, todas las personas son respetables, pero sus opiniones-en cambio- no tienen por qué serlo.


Para que sepan de lo que estoy hablando, les diré que los necios son esas personas que hablan sin tener conocimiento de causa. O, directamente, sin tener conocimiento. Como los necios son profundamente ignorantes, no dudan, lo cual los hace muy peligrosos. Hace unos cuantos meses, por ejemplo, publiqué un artículo donde criticaba el bilingüismo en las escuelas españolas. Advertí que, tal como estaba diseñado, sería un completo desastre -como efectivamente está siendo- y expuse que -en lugar de invertir tanto dinero en introducir el bilingüismo- el gobierno debería fomentar el español en el extranjero, la segunda lengua en el mundo con mayor número de hablantes como lengua materna. Escribía en aquel artículo sobre la importancia de nuestra lengua desde el punto de vista económico y, sobre todo, cultural, cuya riqueza es enorme, y criticaba que estuviese tan discriminada en instituciones internacionales y en locales –hoteles, restaurantes, etc.-, donde se traducía antes al francés o al italiano que al español. Pues bien, uno de esos necios que pululan por el mundo escribió un comentario sobre aquel artículo diciendo que deberían prohibirme escribir en un periódico -toda una muestra del totalitarismo propio de los necios- aduciendo que aprender inglés era importante porque –increíble- él tuvo que emigrar y para emigrar había que saber inglés, como si el emigrar fuese la finalidad de un individuo. En lugar de exponer su opinión, este palurdo escribió que yo no sabía lo que era emigrar -a mí, que procedo de una familia de emigrantes y que vivo a mil kilómetros de donde nací-. Así, sin conocer nada de mí, este individuo se permitió el lujo de expresar su absurda y estúpida interpretación de quién soy rajando mi vida de arriba abajo con total impunidad. En un par de líneas, insultó a los millones de personas que opinan como yo sin despeinarse. A mí, en cambio, su música me parece una mierda –con perdón de la expresión- pero no le niego el hecho de poder seguir difundiéndola.


Hace unas semanas, mientras paseaba por la fábrica de Schindler en Cracovia, estuve sacando fotos a la exposición, la cual es maravillosa. En un momento, me saqué una foto en un pasillo repleto de banderas nazis -igual que antes me había sacado una foto junto a un traje militar polaco o a una vitrina llena de armas alemanas-. Después de sacarme la foto, una española que venía detrás de mí -sin saber que yo era español- le comentó a su amiga “sacarse una foto con la bandera nazi me parece…” y no dijo más. No dijo más porque, posiblemente, el tema de los adjetivos no lo llevara bien, como la gran mayoría de españoles, que subsisten a base de frases hechas y latiguillos del tipo “ya te digo”, “vaya marrón”, “lo siguiente”, “en plan”, “qué subidón”, etc. Y es que España es, irónicamente, el país donde peor se habla el español. Pues bien, a esta mujer, el que yo me sacase una foto con la bandera nazi le parecía no sé qué (la cruz que llevo colgada a mi cuello no deja de ser un instrumento de tortura y asesinato de la época romana y, sin embargo, a esta mujer mi cruz no le pareció nada). Seguramente, esta mujer no ha conocido a ningún superviviente de Auschwitz -como conocí yo- ni a ningún suboficial alemán de la época -como conocí yo-, ni sabrá que la esvástica apareció ya hace once mil años pero, aun así, mi foto le parecía no sé qué. Evidentemente, si yo me hubiera sacado una foto con la lengua de fuera en plan selfi o con los dedos haciendo la señal de la victoria, entendería la crítica, pero esta mujer no sabía nada de mi vida para juzgar ninguno de mis actos. Sin embargo, el totalitarismo de su necedad se lo permitió. Si allí había algún nazi, en cambio, sin duda era ella, porque juzgó y discriminó sin saber, basándose en su desconocimiento y su propio criterio absolutamente limitado.


Todos juzgamos, es cierto. Juzgar es algo innato y propio de cualquier individuo y de cualquier sociedad. Pero hay quien juzga según unos criterios objetivos (una persona tira una lata a la calle y, por tanto, es un mal ciudadano, además de un cerdo) y quien juzga y sentencia según sus opiniones y criterios personales (a quienes están en contra del bilingüismo hay que prohibirles escribir, quien se saca una foto con una bandera nazi es un nazi o la raza blanca es superior a la raza negra).


Aunque pueda parecernos intrascendente, la necedad es tremendamente peligrosa, porque es el arma fundamental del exterminio intelectual y cultural de cualquier sociedad, y el exterminio intelectual y cultural es el inicio de cualquier otro tipo de exterminio. Por eso, debemos ser más beligerantes con los necios, porque –como estamos comprobando- poco a poco están alcanzando mayor cota de poder, y esa extensión de la necedad en el mundo puede ser el principio de nuestro propio fin.



La posverdad o el triunfo del desencanto

Toni García Arias | 05/12/2016
Educación


El Diccionario Oxford ha elegido como palabra del año el término “post-truth” o posverdad, un híbrido cuyo significado es “situación en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Aunque lleva más de una década entre nosotros, este término ha tomado especial relevancia a raíz de la salida del Reino Unido de la U.E. y de la elección de Donald Trump en EE.UU. Estos dos acontecimientos, junto con el fracaso del referéndum de las FARC en Colombia, son -para los defensores de este término- pruebas evidentes de la postverdad. Para ellos, Trump y el Brexit son expresiones inequívocas de falta de sentido común. Según esta concepción, por ejemplo, es verdad que Trump ha ganado las elecciones, pero también es una posverdad, porque esta elección no se hubiera producido sin las variables de la emoción, de la creencia o de la superstición. Pero, ¿cuándo no ha sucedido esto?


No creo que la postverdad sirva para explicar las complejas victorias de Trump o del Brexit. Sería demasiado ingenuo pensar que Trump o el Brexit ganaron solo porque los ciudadanos se levantaron ese día con un sentimiento equivocado. O sin sentido común. Tampoco podemos afirmar que Trump sea posverdad y Hillary, en cambio, la verdad. Existen, desde luego, circunstancias emocionales que pueden explicar las victorias del Brexit o de Trump, pero los movimientos políticos y sociales son mucho más complejos. Siempre ha existido el mensaje político dirigido a las emociones y siempre el político ha falseado la realidad para conseguir el voto de los ciudadanos. Son mecanismos de manipulación política utilizadas desde el principio de los tiempos.


Es cierto: la verdad hoy en día no tiene valor. Cada vez es más frecuente escuchar “esta es mi verdad”, cuando –en realidad- es la interpretación subjetiva de la verdad. Se trata de una devaluación del valor de la verdad. Y, en paralelo, de una devaluación de la falsedad como “anti-valor”. Es, desde el punto de vista moral, admitir como “aceptable” lo “inaceptable”. Pero esta es solo la punta de un enorme iceberg.


¿Por qué ha ganado Trump o el Brexit? ¿Acaso es porque se aceptan las mentiras como verdades? ¿O porque los ciudadanos se dejan engañar emocionalmente? Seguramente, todo ello y mucho más. Entre ese mucho más estaría el desencanto; el desencanto provocado por los mensajes ambiguos de la vieja política. Gracias a esos mensajes ambiguos, vagos, “happy”, el populismo ha crecido. El populismo vende verdades. Verdades absolutas. Y en tiempo de crisis, el pueblo quiere verdades absolutas. Aunque su fundamento sea falso. Por eso, el ciudadano medio prefiere al candidato que les trasmite el mensaje de que va a defender al país del terrorismo o de las drogas o del exceso de inmigración antes que aquel que niega la realidad de todos estos problemas.


Por supuesto, la posverdad existe, pero no es patrimonio de los favorables al Brexit o de los votantes de Donald Trump. La posverdad es una parte más –solo una parte más- de la crisis de valores sociales que padecemos. Los seres humanos del mundo moderno aceptamos las mentiras como algo normal, es cierto, pero además aceptamos la falta de honestidad, la falta de profesionalidad, la falta de rigor, la falta de compromiso, la falta de educación, la falta de respeto. Vivimos en la era de la postverdad, es cierto, pero también vivimos en la era de la postdignidad –preocuparse en parecer digno más que en serlo-, de la postprofesionalidad –tener más en cuenta el amiguismo que el profesionalismo-, de la posteducación –dignificar la estupidez de la ignorancia por encima del esfuerzo de la cultura-, etc., etc. Es la era que venera la imagen por encima de la esencia.


Al final, el problema no es que Trump nos mienta, o que apele al sentimiento o a la emoción para ganar votos. Todos lo hacen. El problema es que una parte de la sociedad está cansada de que aquellos que enarbolan la bandera de la democracia o de la dignidad sean igual de dictatoriales o de indignos que los que ya lo demuestran por sí mismos. Dice la frase histórica que “No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo”. Hoy en día habría que decir que “No basta que la mujer del César parezca honesta, además tiene que serlo”. La responsabilidad de que personajes como Trump logren alcanzar una presidencia no es solo de los ciudadanos, que se dejan engañar emocionalmente o están limitados en su raciocinio, sino de aquellos líderes que dijeron ser honestos pero no lo fueron, que en un momento vendieron una imagen que luego vulneraron, que les falta arrojo para tomar decisiones difíciles en tiempos difíciles, que prefieren las dulces palabras a las acciones complejas. Del desencanto que producen estos pseudolíderes nacen los extremismos y los fascismos. Y esa es su responsabilidad en este hundimiento democrático y social que padecemos.



Mi amigo Donald

Toni García Arias | 20/11/2016
Educación


No creo que pudiera ser amigo de Donald Trump. Y no me refiero solamente a la distancia física e ideológica que nos separa. Su forma pública de ser no me gusta. A lo mejor, en la intimidad de su casa, es un tío genial, pero no lo creo. Sus palabras y modales públicos me resultan en muchas ocasiones desagradables. Sin embargo, a pesar de que algunas de sus frases contienen connotaciones machistas o racistas, también es cierto que parte del mensaje que transmite no deja de ser verdad, aunque pueda resultar políticamente incorrecto. Que algo sea políticamente incorrecto no quiere decir que no sea cierto. De hecho, con respecto a la inmigración, un porcentaje importante de latinoamericanos y personas de países musulmanes están de acuerdo con Trump en que la inmigración ilegal es nociva porque perjudica a los que legalmente están en el país. Y lo mismo sucede con su opinión sobre el tráfico de drogas. Pero todo ello sería tema para otro artículo.


Como digo, no creo que nunca llegase a ser amigo de Donald Trump. No me acaba de caer del todo bien. Sin embargo, para juzgar su política, sé que debo esperar un tiempo prudencial. Hay, en cambio, quien no opina de este modo. Tras su elección como Presidente de los EE.UU., una marabunta de norteamericanos se ha echado a la calle para protestar por su elección. Esa gente –y muchos de los que les apoyan tanto en España como en el resto del mundo- dicen que Trump es un indecente, un inmoral, un machista, un sinvergüenza y que no puede ocupar la presidencia del país. Al parecer, estas personas dicen que ellos sí son buenos, morales y decentes. Trump, no lo es; ellos, sí. Por eso, pueden salir a la calle para intentar “derrocar” a una persona elegida democráticamente por el pueblo. Esta gente es tan demócrata que la democracia solo funciona si ganan ellos. De lo contrario, la democracia no existe. Eso es lo que piensan muchos mal llamados progresistas y muchos independentistas. Porque ellos sí son morales. Como Bill Clinton, que utilizó un edificio institucional para que le hiciesen una felación. O su mujer, cuya moralidad le permite –quien sabe si por razones políticas más que emocionales.- seguir con un marido que la humilló públicamente. No sé si eso, al final, será más o menos machismo que las propias palabras de Donald Trump.


Mi amigo Donald

Me resulta muy curioso –y sobre todo, preocupante- que hoy en día haya un sector de la población –normalmente asociado a grupos progresistas- que considera que ellos tienen la legitimidad moral para decidir qué es bueno y qué es malo, quién debe y quién no debe gobernar. Donal Trump es apoyado por millones de americanos -de los cuales, no todos son blancos, machistas y racistas- sin embargo, por encima de los votos de esos ciudadanos libres hay un poder superior que es el poder de aquellos que dicen que eso está mal, que esa gentuza que ha votado a Trump está equivocada, que ese hombre no puede gobernar a pesar de las urnas, que el resultado solo es legítimo si ganan ellos. Porque, al final, resultan que quienes acusan de fascistas a otros acaban teniendo actitudes verdaderas fascistas. Y los progresistas somos precisamente lo contrario a eso.



 

 

 

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