Toni García Arias

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Pim, pam, pum...Trump

Toni García Arias | 13/11/2016
Política Internacional


Al final, las encuestas volvieron a fallar y Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, se ha impuesto finalmente con claridad a Hillary Clinton con más de 270 votos electorales. A medida que se iban conociendo los resultados durante la madrugada europea, los mercados caían con fuerza y los diarios recogían las imágenes de los votantes demócratas echándose las manos a la cabeza por la enorme decepción y sorpresa.


Al margen de esa decepción, hay que reconocer -sin embargo- que estas elecciones en Estados Unidos han sido unas elecciones atípicas. A pesar de que muchos critican solamente a Trump, hay que reconocer que han sido –posiblemente- las elecciones con los dos peores candidatos de toda la historia. Y, también, con los dos candidatos más quemados y menos fiables ya desde el inicio de la propia campaña electoral. Tal vez la victoria de Trump pueda parecerles a algunos un desastre, pero la victoria de Hillary tampoco hubiera sido mucho mejor.

Pim, pam, pum...Trump


Tras los resultados electorales, muchos intelectuales tanto europeos como americanos han comenzado a lamentarse en sus columnas por la decisión que han tomado los estadounidenses con sus votos. Dicen que no reconocen a EE.UU., que ha vencido el miedo, las armas, el racismo, el poder del dinero, etc., etc. Sin embargo, así es la democracia, y un porcentaje considerable de norteamericanos ha elegido a Donal Trump, y la decisión democrática y libre del pueblo es siempre respetable. Igual de respetable que si hubieran elegido a Hillary Clinton. Hay quien teme ahora un importante retroceso en las relaciones europeas con EE.UU., y quien teme que Donal Trump lleve a cabo una política interior discriminatoria y una política exterior nefasta. Todo es posible, sin embargo, el sistema político norteamericano hace muy difícil que Trump pueda llevar a cabo sus políticas sin contar con el acuerdo de la gente de su propio partido e, incluso, del Partido Demócrata. De hecho, en su discurso posterior a conocerse los resultados, pudimos ver ya a un Trump mucho más cercano, menos agresivo verbalmente, un Trump conciliador, como si hubiera sufrido una transformación repentina. Y es que una cosa es el show de la campaña electoral y otra muy distinta, ser el presidente del país más importante y mediático del mundo.


De todos modos, aquellos que se lamentan por la victoria de Trump deberían también analizar el por qué de su victoria. Es cierto que en muchos países está volviendo a coger fuerza la derecha más conservadora. Eso, sin embargo, no es un mérito propiamente de la derecha, sino un demérito de la izquierda. La izquierda mundial es en la actualidad excesivamente “happy”, verbalmente inútil e incapaz de nombrar la palabra moralidad o la palabra normas. La derecha, sin embargo, ha sabido aprovechar ese descontento del pueblo, las erróneas políticas de inmigración de la izquierda, la crisis moral, la crisis educativa, la falta de respeto, la falta de ética, la falta de moral, y ha conseguido recuperar esa parcela abandonada por los llamados progresistas.

Con la elección de Trump se abre un nuevo periodo en la política de EE.UU. Sería inútil hacer una previsión de lo que pueda suceder. De hecho, sin ir más lejos, todos aplaudíamos la elección de Obama hace ocho años y, al final, ha pasado por la historia sin pena ni gloria.


Una justicia que abandona a las víctimas

Toni García Arias | 24/10/2016
Política Nacional


Hace ya unos cuantos años, cuando estudiaba Empresariales, tenía una profesora de Derecho muy estricta. Recuerdo que en una ocasión, durante una clase, la profesora nos dijo que la aplicación de la justicia tenía dos objetivos principales: por un lado, castigar al delincuente y, por otro, buscar su reinserción. Yo pregunté entonces dónde se encontraba un –para mí entender- tercer objetivo fundamental de la justicia; la prevención del delito con la finalidad de que no hubiese más víctima de ese delincuente. La profesora me contestó que aquella no era una función de la justicia. Y nada más. Aunque ya lo imaginaba, en aquel momento tuve la certeza de que muchos de los que se dedican al derecho jamás se plantean las normas, solo se dedican a aplicarlas sin plantearse siquiera su funcionalidad o validez, algo que va en contra de la propia esencia de la justicia. Como pueden imaginar, en más de una ocasión fui invitado a abandonar el aula.


Cuando la justicia no protege a la víctima, apoya al delincuente. Esta es una realidad que creo que mucha gente comparte. Nuestro sistema judicial está obsoleto, es lento y es ineficaz. Debido a esto, muchas personas tenemos la desagradable sensación de que con excesiva frecuencia nuestra justicia castiga a la víctima y protege al delincuente. Muchos jueces -sin que por ello tengan responsabilidad alguna sobre sus actos- dejan en libertad a delincuentes que nada más abandonar la sala vuelven a delinquir. Un médico, un conductor de autobús, un docente, un policía, un bombero, por ejemplo, deben asumir las consecuencias de sus actos judicialmente en caso de error o negligencia. Sin embargo, un juez puede dejar en libertad a un violador que a los tres días vuelve a violar que no le pasará absolutamente nada por ello. Considero que en una justicia real, el juez debería ser llevado a los tribunales por su sentencia equivocada. Con demasiada frecuencia, escuchamos en televisión a delincuentes con veinte o treinta detenciones, algo absolutamente incomprensible e injustificable. Detrás de esa puesta en libertad hay una sentencia de un juez, y detrás de esa sentencia, muchas veces, una nueva víctima.

Una justicia que abandona a las víctimas


Leo de nuevo la cifra y me resulta absolutamente escalofriante. El año pasado, unos 150.000 perros y gatos fueron abandonados por sus dueños. La cosa podría no ser tan dramática si solo se abandonasen animales durante el 2016, pero el hecho es que todos los años la cifra de abandono es muy semejante.


Nuestro sistema judicial está anclado en la época de El Lute. Sin embargo, el ladrón de hoy en día ya no es el pobre ladrón que roba gallinas por los montes españoles: el ladrón de hoy en día es capaz de reventarle la cabeza a un señor de 80 años, indefenso y con apenas movilidad. El delincuente de hoy en día trafica con drogas, con mujeres, con órganos, con niños, con vidas. El delincuente de hoy en día sale a la calle con cloroformo en el bolsillo en busca de una chica a la que violar. El delincuente de hoy en día quema a un indigente en un cajero. El delincuente de hoy en día mata a una niña y se niega a decir dónde ha arrojado su cuerpo para que sus padres puedan recuperarlo y descansar. No creo sinceramente que ninguna de esos delincuentes merezca que se busque su reinserción antes que su castigo.



Nuestro sistema judicial podría resumirse en la siguiente situación: en muchos casos de acoso escolar demostrados, los acosadores siguen matriculados en el mismo instituto mientras que es el acosado –la víctima- la que tiene que cambiar de institutito e, incluso, de ciudad. Con ese tipo de interpretaciones, nuestro sistema judicial parece al final la madre protectora de todos los delincuentes.



Primero domesticar; después, hacer los deberes

Toni García Arias | 09/10/2016
Educación


Cuando empecé a trabajar en educación -hace ya muchos años-, recuerdo que algunos padres me criticaban duramente por no enviar deberes para casa. Incluso, en ocasiones -como suele hacer el español medio, que no sabe de nada pero cree entender de todo- cuestionaban mi profesionalidad cuchicheando entre ellos o protestando formalmente ante al director. Al igual que entonces, sigo pensando que el tiempo que se dedica en el aula a enseñar debe ser suficiente para aprender y que, si no da tiempo, entonces hay que replantearse los programas de estudio, no los deberes. Obviamente, soy defensor de realizar algunas rutinas en casa por parte de los alumnos, como la lectura diaria, los trabajos en común como la realización de murales o vídeos o, lógicamente, terminar las actividades que debían ser terminadas en el aula pero que -por pereza o dejadez- no se terminaron a tiempo. Seguramente, muchos de los padres que me criticaban por entonces son hoy defensores acérrimos de no enviar deberes a casa, algo normal en un país donde todo el mundo tiene derecho a opinar por el simple hecho de tener lengua, aunque luego a esa lengua no le acompañe el raciocinio.



Como he dicho, los tiempos han cambiado. Hace un par de décadas, uno podía dar clase a un grupo de alumnos y daba tiempo a terminar prácticamente todo lo que uno tenía programado para esa jornada. Hoy en día, sin embargo, los primeros quince minutos de clase se dedican a comprobar qué alumnos han traído los deberes o qué alumnos han realizado las tareas del día anterior. Eso cuando traen los libros. Luego, a lo largo de la sesión, unos diez minutos más o menos se van en pedir atención o en mandar callar. Teniendo esto en cuenta, podemos decir que a lo largo de la jornada escolar se pierden 100 minutos en mandar callar, en comprobar quién hace las tareas, en pedir atención, en pedirles que no se insulten, que no se levanten sin permiso, que no se peguen chicles en el pelo, que no lancen pelotas de papel, que no escupan, que se sienten bien, etc. Esos 100 minutos perdidos, no se perdían antes. Si hago un análisis comparativo de lo que sucedía hace 25 años y lo que sucede ahora, podría decir que el cambio más significativo es que los alumnos de entonces venían con las normas de comportamiento y la responsabilidad aprendidas de casa. Eso hacía que el tiempo en el aula fuese mucho más efectivo. El número de alumnos con conducta desafiante, o pasotas, o que no traen libros, o que ya desde muy pequeños son beligerantes, se ha triplicado en la última década. En los colegios de hoy en día, la educación es menos necesaria que la domesticación. Incluso alumnos de educación infantil con solo tres años les pegan patadas a sus profesores, o les muerden o se sacan la chorra y se mean en mitad de la clase como si fuesen criaturas salvajes de una película de Steven Spielberg.


Primero domesticar; después, hacer los deberes


Puede que, como dicen algunos, la calidad de nuestros profesores no sea la mejor del mundo. Desde luego, yo no voy a negarlo. Pero también es cierto que es muy difícil ser profesor cuando tu profesión no es valorada ni por los padres ni por la administración; que es muy difícil ser profesor cuando existe intrusismo por parte de toda la sociedad, que se cree capacitada para opinar de educación; y que es muy difícil ser profesor cuando tienes que anteponer la enseñanza de las normas básicas de conducta a los contenidos de tu asignatura por culpa, precisamente, de la dejadez de unos padres que luego son, irónicamente, los que te juzgan.



La tiranía de la igualdad en educación

Toni García Arias | 25/09/2016
Educación


Hace unos días, en un programa de televisión, pude observar un suceso que me dejó absolutamente perturbado En la escena en cuestión había dos grupos de niños jugando a un concurso dentro de un aula. Cada grupo iba acumulando estrellas dibujadas en la pizarra a medida que ganaba puntos. En total, un grupo llevaba cuatro puntos y el otro, dos. Ante la siguiente pregunta, el equipo que iba perdiendo acertó y consiguió su tercera estrella. Entonces, uno de los alumnos del grupo ganador -un alumno con baja tolerancia a la frustración-, creyendo que habían ganado no solo el punto sino el juego, se levantó y empezó a dar pataletas y a protestar de manera muy beligerante, gritando y gesticulando excesivamente, golpeando paredes y libros. Mientras su rabieta iba en aumento, una de las niñas del grupo que iba perdiendo se levantó y -así porque sí; sin permiso de nadie- le quitó una estrella al grupo que iba ganando, con lo que ambos grupos quedaron con el mismo número de estrellas. Entonces, el docente -o lo que fuera aquello-, loco de contento, les preguntó a los alumnos si les parecía bien que dejasen el juego así, es decir, en empate, ya que la alumna que se había levantado por voluntad propia había solucionado el conflicto y, al final, nadie ganaba ni perdía. Todos contentos.


Posiblemente, desde el punto de vista educativo, no pueden cometerse más errores en menos tiempo. El número de errores cometidos son tantos y de tal magnitud que requerirían varias páginas para explicarlos correctamente. Por un lado, en la situación en cuestión, no existía conflicto alguno: aquello era una simple competición por ganar un juego. Al contrario de lo que puedan pensar algunos nuevos visionarios de la educación, la competición en sí -ya sea competición con uno mismo o con los demás- no es negativa: lo negativo es estigmatizar por el resultado obtenido o convertir lo educativo en una mera competición donde solo importen los resultados. Por otra parte, el docente -o lo que fuese aquello- solo tuvo en cuenta la reacción del individuo más alterado, pasándose por el forro las emociones o sentimientos de los demás. De hecho, les creó unas expectativas sobre una competición que luego frustró. Por si esto fuera poco, el profesional –por llamarlo de algún modo- al calmar la frustración del individuo más intolerante y violento, lo único que enseñó al resto de alumnos es que hay que ser agresivo, violento, irrespetuoso e intolerante para conseguir todo aquello que queramos, aunque sea injusto. Ya para culminar, dejar que una alumna manipule un resultado, falsee los datos y no respete las normas básicas de un juego y que ese acto no solo no se recrimine, sino que se valore como positivo es algo que no tiene ni nombre.

La tiranía de la igualdad en educación


Lo peor de la educación en nuestro país –tanto la educación familiar como la institucional- es que está gestionada por seres incultos y necios. Incultos, porque prácticamente no saben de nada. Necios, porque a pesar de todo lo anterior se creen que son unos genios, lo cual les hace impermeables precisamente al aprendizaje. Con esas cualidades, la vulgaridad de la igualdad mal entendida se extiende por las aulas y por nuestra sociedad como la peor de las epidemias.



Feliz de ser hombre

Toni García Arias | 17/09/2016
Educación


Soy feliz siendo hombre. Y no soy feliz porque admire las enormes cualidades del sexo masculino: soy feliz siendo hombre porque ser mujer me resultaría del todo insoportable. Sinceramente, no puedo imaginar lo que una mujer normal puede llegar a soportar por culpa de ser mujer en un país medio desarrollado como el nuestro. Y no me refiero solo al ámbito profesional, como se pudiera pensar, donde una mujer cobra mucho menos que un hombre por realizar el mismo trabajo y tiene que soportar en ocasiones el acoso sexual de algún superior y el acoso laboral de alguna superiora, que de todo hay. Me refiero al simple hecho de caminar por la calle.


Hace muchos años, durante mi adolescencia y juventud, recuerdo que las madres y padres pedían a los chicos de la familia que acompañasen y cuidasen de las chicas cuando salían de fiesta o iban a la discoteca. Hoy en día -treinta años después- la situación sigue siendo muy similar: los padres y madres piden a sus hijos o sobrinos que cuiden de sus hijas cuando salen de fiesta. Y es que el simple hecho de salir por la calle supone hoy en día para la mujer una actividad de alto riesgo. El hombre -por el mero hecho de ser hombre- se cree con el derecho de gritarle cualquier babosada que le venga en gana. O de perseguirla mientras camina detrás diciéndole obscenidades. O de golpearla cuando no hace lo que él quiere dentro del ámbito matrimonial. O de acosarla sexualmente si considera que viste de un modo provocativo.

Feliz de ser hombre


A pesar de las enormes dificultades que tiene la mujer hoy en día para ser considerada como un igual frente al hombre, muchas mujeres siguen creyendo estúpidamente que su liberación tiene que ver con la liberación sexual; otro engaño machista en el que han caído millones de mujeres. La liberación de la mujer no tiene nada que ver con mostrar más o menos piel; la liberación debe estar relacionada con los derechos tanto laborales como sociales, entre los que se encuentra poder ser árbitro de fútbol sin que nadie le diga que se vaya a su casa a barrer, o poder ser taxista sin que nadie le diga que se vaya a su casa a hacer tortillas, o poder dedicarse al cuidado de sus hijos sin que nadie ponga en duda sus cualidades como mujer, o caminar por la calle sola a las doce de la noche sabiendo que ningún capullo la molestará durante el trayecto. Reducir la libertad de la mujer a poder enseñar las tetas en San Fermín es sencillamente estúpido.


Con respecto a este asunto, hace una semana se publicaba en los medios de comunicación que en la población rusa de Severny las autoridades habían llevado a cabo una prueba piloto para reducir la enorme cantidad de muertes que hay en las carreteras de ese país. La campaña consistía en poner a mujeres jóvenes en topless y con una gorra de policía en zonas de alto riesgo de accidente para que los conductores redujesen la velocidad. Me gustaría decir que el número de accidentes siguió siendo semejante, pero -al parecer- se han logrado reducir considerablemente, lo cual demuestra la deformidad mental de algunos machos. Puede que a muchos hombres todo esto les resulte curios, incluso gracioso, pero debemos ser precisamente nosotros los que reprochemos a los individuos de nuestro propio sexo este tipo de actitudes y comportamientos. Solo así, este tipo de conductas dejarán de considerarse entre el sexo masculino como normales.



Está tó pagao

Toni García Arias | 14/06/2016
Política Nacional


Hace ya varios años, mi padre comentaba que en algunas obras de las que era responsable le era difícil encontrar y contratar a trabajadores. Al parecer, esto se debía, por un lado, a las exigencias desmesuradas de los sindicatos y, por otro, a que, entre las ayudas municipales y el paro, muchas personas cobraban casi igual sentados en el sofá de su casa que trabajando. Por aquellos años, recuerdo que alentadas por políticas sociales erróneas, muchas personas se inscribían en el paro -incluso personas que nunca habían trabajado ni pensaban trabajar jamás- por si podían rascarle algo al estado. Ya sé que este tipo de declaraciones molestan a algunas personas, especialmente a aquellos que jamás han dado un palo al agua y a los que les gusta disponer del dinero de los demás, pero que sea incomodo de oír no significa que no sea rotundamente cierto. Y todos sabemos de lo que hablamos.


Hoy en día, debido a la crisis, la situación ha cambiado, pero tampoco sustancialmente. De cada 10 euros que ingresa el estado en sus arcas, 9 proceden de los sueldos de los trabajadores. En España hay alrededor de 17 millones de ocupados y unos 47 millones de habitantes. Es decir, que cada ocupado sustenta los servicios de 3 personas. Si tenemos en cuenta que los ricos y grandes empresarios suelen tener su dinero en paraísos fiscales y que apenas contribuyen, que los políticos suelen ser corruptos y dan menos de lo que reciben, y que algunos familiares cercanos a la Casa Real presuntamente se benefician de amnistías fiscales, ya saben ustedes por qué lo que cobran a fin de mes es muchísimo menos de lo que deberían cobrar.

Está tó pagao


A parte de esto, vivir del estado -es decir, del dinero de los demás- es algo que en España siempre se nos ha dado muy bien. Existen ayuntamientos y comunidades autónomas donde, por ejemplo, se dan ayudas de 110 euros por hijo a las familias con hijos, ayudas para reparación de electrodomésticos, ayudas para el pago de la luz, ayudas para el pago del agua, ayudas para la compra de material educativo, ayudas para el pago del comedor escolar, ayudas -en definitiva- que todas juntas pueden suponer para una familia con cinco hijos unos mil euros al mes. Evidentemente, hay familias a las que una situación de paro de larga duración y dependiente de las ayudas sociales les supone un enorme problema moral, ético y emocional, y que lo que más desearían sería no tener que necesitar esas ayudas. Pero también es cierto que muchas familias se han acostumbrado a vivir de eso modo y que jamás se han planteado devolverle al estado todo el dinero que están recibiendo de él.



Hace unos días, los suizos rechazaban con una mayoría aplastante establecer una “renta básica incondicional” –RBI- de unos 2.200 euros para todos los ciudadanos que no ejercieran actividad lucrativa alguna y para todo aquel cuyo sueldo fuese inferior a esa RBI. Por fortuna, en Suiza todavía reina la sensatez, y saben que lo que quieren los ciudadanos es un trabajo digno con un sueldo y un horario digno. Allí saben que las ayudas sociales indiscriminadas, sin tener en cuenta las circunstancias, sin exigir algo a cambio, es de todo menos justicia social, porque vivir del esfuerzo de los demás no es solidaridad, sino pura jeta. Allí lo saben, y por eso están donde están. Aquí también lo sabemos, pero decidimos ser corruptos desde el que gobierna hasta el que pide frente a El Corte Inglés. Y también por eso, estamos donde estamos. Lo malo del asunto es que, por desgracia, todo eso lo pagamos entre usted y yo.



Yo soy español, español

Toni García Arias | 29/01/2017
Ciudadanía


Desde hace unas semanas, he decidido comportarme como un español medio. Es decir; he decidido pensar solo en mí y en mis huevos toreros. Para ser sincero, ahora que me comporto como un español medio, tengo que reconocer que soy muchísimo más feliz. Por ejemplo, ahora que soy un español medio, aparco donde me sale del pijo. Me importa un mojón si ocupo dos sitios de aparcamiento o un campo de fútbol entero, igual que hacen la mayoría de las personas que me encuentro cada mañana cuando llego a mi puesto de trabajo. Por supuesto, no pongo los intermitentes. Incluso he arrancado el mando de los intermitentes de mi coche por si algún día me entra la estúpida tentación de pensar otra vez en los demás. Cuando paso por una rotonda, por ejemplo, me encanta ver la cara de los otros conductores que tienen que esperar para salir porque no tienen ni pajolera idea de por dónde voy a ir.


Como español medio, también he decidido eliminar palabras de mi vocabulario. Después de ver los programas más vistos de la televisión española, he comprobado que se puede vivir perfectamente con apenas unas 200 palabras. Para ello, he incorporado un montón de latiguillos y frases sueltas que parecen funcionar muy bien y que valen para todo: “mazo”, “marrón”, “sí o qué”, “la patata”, “¿hola?” … Además, como español medio, todo lo que hablo lo hablo ahora a voces, para qué la gente de cinco mesas más allá del restaurante pueda oírme. Por supuesto, de las 200 palabras, unas 75 son tacos, que es más o menos una de cada tres.


Yo soy español, español

Como español medio, también he decidido comprarme un taladro. De vez en cuando, a eso de las cuatro de la tarde, lo enchufo y comienzo a hacer algunos agujeros en las paredes. Algunas veces lo hago por las mañanas, aunque a eso de las nueve de la mañana de los sábados y los domingos lo que más me gusta es poner la música a tope al tiempo que paso la aspiradora. Ya, a eso de las doce de la noche, pongo si eso una lavadora. Como español medio, también he decidido quejarme de todo, pero no hacer nada. Por ejemplo, me quejo de la sanidad pública, pero cada vez que puedo le digo a la gente que, ante cualquier cosa, se vaya al hospital para que colapse las urgencias. Por ejemplo, también me quejo de la educación, pero luego desautorizo a los profesores y educo a mi hijo como si fuera Orzowei. También me quejo de la administración pública, pero siempre que puedo me escaqueo del trabajo o finjo que hago algo mientras dejo pasar el tiempo. Como español medio, también he decidido hablar mal de los gobiernos y de los corruptos, esos malditos desgraciados que hunden el país. A cambio de eso, pago todo lo que puedo en negro, me he descargado ya unas cien películas y otros tantos libros, y compro los CD’s de música en el Top Manta de mi barrio. Además, como español medio, también he decidido compartir con los demás la felicidad que me dan mis hijos. Por esa razón, los dejo en la calle tirados hasta las diez de la noche dando balonazos y gritos. Y en los restaurantes, les digo que se vayan a dar vueltas hasta las otras mesas para que así puedan interactuar con otros comensales. Y eso sí, sobre todo y por encima de todo, he decidido crear mi propia Hacienda pública, mi idioma y mi propia bandera.


En fin, que todavía estoy descubriendo poco a poco las costumbres típicas que nos han convertido en uno de los países más civilizados y cultos del mundo. Y es que no me extraña que aquí vengan tantos millones de turistas, porque entre que nadie cumple las normas y todo es trapicheo, la verdad es que en España se vive como Dios.



Repensar el socialismo

Toni García Arias | 21/05/2016
Política Nacional


Me considero una persona de izquierdas. Un progresista, o como quieran ustedes llamarlo. Cuando digo que me considero una persona de izquierdas, no me refiero a que me gusten Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, que son -sin duda- el reflejo de la burguesía y la antítesis del socialismo. Me refiero a que para mí la sociedad está por encima del individuo. De esa idea radica su nombre. Esa es su esencia.


En España, irónicamente, los que se llaman socialistas -PSOE y Podemos- son precisamente los que defienden las libertades individuales por encima de la sociedad. Sin embargo, en el socialismo, por encima de la sociedad no está ningún derecho individual. Gracias a ese socialismo mal entendido del PSOE y de Podemos que le hace el juego al capitalismo más feroz tenemos un país donde el derecho de un ladrón o de un asesino está por encima del derecho de la sociedad a estar protegido de ese ladrón o de ese asesino. Gracias a ese socialismo mal entendido tenemos defraudadores que ponen las cuentas a nombre de testaferros y nunca les pasa nada porque no tienen nada a su nombre. Lo mismo sucede con quienes roban al estado, ya sea a través de su cargo o de subvenciones.


Repensar el socialismo

Para un socialista, el robo al propio estado es un delito mayor, ya que se roba el dinero de todos. Sin embargo, tenemos socialistas corruptos y partidos que los apoyan y acogen. Un socialismo bien entendido no permitiría que los bancos y las eléctricas se forraran a costa de los ciudadanos con cláusulas abusivas y comisiones inventadas. Un socialismo bien entendido controlaría el precio de la vivienda para que un empresario no pudiese subir el precio de un año para otro en un 30%. Un socialismo bien entendido aumentaría las ayudas sociales, pero penalizaría a todos aquellos que se llevan infinidad de euros al mes en ayudas sociales y luego no dan un palo al agua. Un socialismo bien entendido mejoraría la red educativa española, pero también penalizaría a todos aquellos padres que tienen hijos maleducados y violentos que impiden el derecho a la educación de los demás, porque -como digo- el derecho de la sociedad para educarse está por encima del derecho de un desgraciado a joderle la clase a los otros. Un socialismo bien entendido no daría palmas de alegría por ser el país que más turismo atrae, sino por ser el país que más turistas exporta. Un socialismo bien entendido apoyaría la cultura en general sin importar la ideología política del artista. Un socialismo bien entendido procuraría un reparto más equitativo de la riqueza, una mayor protección del medio ambiente, un respeto máximo a los animales. Un socialismo bien entendido no se quedaría con el gesto, con decir miembros y “miembras”, sino que se preocuparía por equiparar los sueldos de las mujeres por realizar el mismo trabajo. Un socialismo bien entendido no puede defender que el concepto de libertad quede reducido al derecho a fornicar en la calle, emborracharse en los parques, enseñar las tetas para protestar o darse un “pico” en el parlamento. Con esa filosofía, los socialistas quedamos representados por personajes corruptos que creen que ser progresista es el compadreo, la camaradería, el pelotazo de los programas de televisión, la incultura, la laxitud moral, la fiesta y el cachondeo. Triste final para una ideología.



La dulce ignorancia: sobre el abandono escolar

Toni García Arias | 08/05/2016
Educación


Uno de cada cinco alumnos en España deja de formarse tras acabar la ESO. Esa es la principal conclusión que podemos extraer de los datos publicados el miércoles pasado por la oficina comunitaria de estadística Eurostat. Según esos datos, España renueva otro año más el poco gratificante título de ser el país de la Unión Europea con la tasa más alta de abandono escolar, con casi un 20% en 2015. De esta forma, España tiene el mayor porcentaje de jóvenes de entre 18 y 24 años que tienen, como mucho, una educación secundaria y que actualmente no siguen estudiando ni formándose. Para hacernos una idea de dónde estamos, basta decir que España duplica la media de la tasa de abandono escolar de la UE, que está situada en un 10%, y que además nuestro país se encuentra aún lejos del objetivo fijado por Bruselas para 2020, que está en el 15%.


Con respecto al sexo, los hombres siguen demostrando una menor implicación e interés por los estudios. Así, el 24% de los hombres en España abandona sus estudios tras la Educación Secundaria Obligatoria, mientras que en el caso de las mujeres el porcentaje se sitúa en el 15,8%.


La dulce ignorancia: sobre el abandono escolar

Otro de los datos curiosos publicados por Eurostat es que, en nuestro país, también ha descendido el porcentaje de aquellas personas entre 30 y 34 años que han finalizado estudios superiores. Este porcentaje se sitúa en un 40,9% en 2015, mientras que en 2014 registró un 42,3%. Como vemos, en este sentido vamos para atrás, y la cualificación de nuestros ciudadanos -tanto en los estudios como culturalmente- cada vez es más baja.


Si nos fijamos en la clasificación del abandono escolar por países, los últimos somos –como ya es habitual- nosotros, luego estarían Malta, Rumanía, Italia, Portugal y Bulgaria. En el lado contrario se sitúan Croacia, Eslovenia, Chipre y Polonia, que en los últimos años están apostando fuertemente por la educación. Además de estos países, Eurostat nos señala que doce estados miembros ya han alcanzado o superado sus objetivos nacionales para 2020: Dinamarca, Estonia, Grecia, Chipre, Letonia, Lituania, Hungría, Holanda, Austria, Eslovenia, Finlandia y Suecia.


Aunque en España todavía no somos conscientes de ello, los estudios, la formación y la cultura es lo único que nos puede salvar de la pobreza, ya sea individualmente o como país. España es un país pobre económica y culturalmente. Pobre económicamente porque tenemos los sueldos más bajos de Europa y los precios igual de altos. Pobre culturalmente porque los ciudadanos no le damos valor ni a la educación ni a la cultura, y nos conformamos con tener sol y muchas fiestas populares. Los españoles basamos nuestra riqueza en la construcción y todo lo que gira entorno a ella. No tenemos nada más que ofrecer. Sin embargo, este tipo de economía siempre es cíclica y pasa por periodos de crisis, como el actual. Y, a pesar de ser conscientes de ello, seguimos educando a nuestros jóvenes en el dinero rápido y el pelotazo. Cuando el boom inmobiliario vuelva a llenar de grúas nuestro paisaje, muchos jóvenes dejarán los estudios, se meterán de peón de obra, ganarán dos mil euros al mes haciendo horas extras en negro, comprarán un coche, después un chalet y creerán tocar el cielo. Y, a los diez años, se verán en la calle por no poder pagar una hipoteca y suplicarán que el resto de la sociedad les eche una mano. Sin embargo, así somos; felices en la repetición de nuestros errores, que son nuestra estupidez y nuestra ignorancia.



Hacia unas nuevas elecciones

Toni García Arias | 30/04/2016
Política Nacional


Desde hace muchos años, tengo amigos que se definen a sí mismos como de izquierdas. También tengo amigos que se definen como de derechas y otros como de centro. Incluso tengo amigos que se aproximan a lo que podría calificarse como una izquierda y una derecha un poco radical. De vez en cuando, nos reunimos y hablamos de educación, de inmigración, de políticas sociales, de economía, de fútbol, de cervezas. Cuando hablamos de cómo mejorar nuestro país, cada uno de mis amigos muestra sus propias opiniones e ideas. Como es lógico, coincido con ellos en muchos puntos y difiero en otros tantos. Sinceramente, no creo que en sentido unos sean mejores que otros, ya que todos opinan sobre lo que creen sinceramente que sería mejor para la gran mayoría de los ciudadanos y de la sociedad. Todos tienen ese fin común. Por eso, aunque sus pensamientos no coincidan con las míos, todas sus opiniones me parecen interesantes, e incluso en ocasiones me hacen dudar de si en el fondo no estarán en lo cierto.


Los miembros del congreso de Ciudadanos, el PSOE, el PP y Podemos no han llegado finalmente a un acuerdo para formar gobierno. Ha habido romances, amoríos de una noche, roces, caricias, pero al final no ha habido cama. Después de todo lo visto en estos meses de negociaciones, mucho me temo que el gran problema para no formar gobierno –al contrario de lo que pasa cuando hablo con mis amigos- no ha sido el interés nacional, sino el interés personal y partidista. A muchos miembros del PSOE lo que les interesa no es que mejore el paro o que nuestros sueldos sean comparables a los de Europa para que dejemos de ser un país miserable, sino echar a los que están para tomar de nuevo el poder. Lo mismo le sucede a Podemos, que ve como a este ritmo puede comerse al PSOE y convertirse en segunda fuerza política, por lo que no le interesa mucho negociar. Los desahucios y la política social parecen ahora no interesarles ya tanto. Al PP, por su parte, le interesa seguir en el poder a toda costa y, sobre todo, que no suba Podemos. A Ciudadanos, lo que le interesa es llegar a algún acuerdo para formar gobierno y así asentarse, siempre que no esté Podemos, que es su gran enemigo para conseguir los votos que van perdiendo los partidos tradicionales.


Hacia unas nuevas elecciones

Resulta decepcionante que cuatro líderes políticos no sean capaces de llegar a acuerdos para evitar unas elecciones generales en un país en ruinas. Y eso, posiblemente, se deba a que en realidad no son tan líderes políticos, sino simples políticos sin carisma ni liderato. Como es lógico, me preocupa que tengamos que repetir unas elecciones que nos van a costar un dinero importante -130 millones de euros- y que, posiblemente, no sirvan para gran cosa, porque a menos que el PP con Ciudadanos o el PSOE con Podemos alcancen la mayoría absoluta, en junio volveremos a estar en las mismas. Pero incluso aunque los resultados nos den una sorpresa en forma de mayorías y dos partidos consigan formar gobierno, me sigue preocupando esta cerrilidad política de enfrentar derechas con izquierdas como si al ser de ideologías distintas ya no hubiese ningún punto posible para el acuerdo. Si el bien del país no les ha hecho acercar posturas, imagínense cuando haya que buscar un gran pacto de estado para hacer una ley de educación o abordar políticas sociales. Y es que, al final, parece que la vieja política -la de la corrupción, los cuñados, los primos, las puertas giratorias, las redes de favores, las subvenciones, la poltrona- es lo que verdaderamente les gusta a todos.



 

 

 

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