Toni García Arias

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Sobre la enorme hipocresía de felicitar a los maestros

Toni García Arias | 11/12/2019
Educación


Durante estos días, con motivo del Día del maestro, han sido muchos los que han felicitado a los maestros y han reconocido su labor públicamente, tanto a través de las instituciones como en los diferentes medios de comunicación y redes sociales. Tal ha sido la locura que -como si de repente media población se hubiese tomado un bote entero de prozac en el desayuno- ha habido quien ha comparado a los maestros con una especie de multi profesional incombustible (psicólogo, animador, padre, vigilante, guía), con héroes que luchan incansablemente contra viento y marea, incluso con seres casi divinos con unas cualidades excepcionales. Y la verdad es que todo eso está muy bien, sobre todo porque luego, en el resto de los 364 días del año, contrasta con lo que muchos docentes perciben en el día a día, donde se califica a los maestros de vagos, con demasiadas vacaciones, que no vigilan, que no atienden a los niños, que no están formados,  que no hacen nada o que, para lo que hacen, bastante cobran y que, ante lo que diga un hijo, no hay palabra de docente que valga. Basta con leer los titulares de algunos diarios para saber de lo que estoy hablando.


En este sentido, a parte de la sociedad en general, que suele desprestigiar a los maestros a la mínima oportunidad, incluso delante de sus propios hijos, mención especial merecen algunos medios de comunicación. Digo algunos medios de comunicación como digo algunos padres ya que, obviamente, no son todos, pero sí un número considerable. Pues bien, el día del maestro, como si fuese el día de la paz, todos los medios de comunicación, tanto en artículos como en tertulias, se lanzaron a alabar la enorme importancia de un buen maestro y lo influyente que era éste en la vida de los niños. En las televisiones y en la radio se abrieron  secciones para recordar a los maestros que nos habían marcado en nuestras vidas. Y, como si eso ya fuese suficiente, como si ya estuviese todo hecho, todos se fueron para su casa tan contentos y aquí todos tan panchos. Y digo esto porque luego, cuando se quiere abrir un debate de educación en la prensa o cuando se invita a alguien a hablar de educación en la radio o en la televisión, o cuando se realiza un congreso importante, por lo general no se llama a los maestros, a esos a los que tanto admiran, sino a profesores universitarios. O, lo que es más insultante, a un coach. Y es que al final, a pesar de todas esas hermosas palabras, existe todavía en nuestro país, España, un complejo de titulitis que conduce al ninguneo de la figura del maestro de Educación Infantil y de Educación Primaria, como si estos fuesen profesionales de segunda categoría, muy inferiores por supuesto a los profesores universitarios, muchos de los cuales tienen un buen fundamento teórico pero carecen de la experiencia necesaria con alumnos de las primeras etapas. Este ninguneo –además de paradójico- es absolutamente despreciable, porque sigue fomentando la idea de que el maestro sirve para ocuparse de atender a los niños 6 horas al día, pero que no tiene la categoría suficiente para hablar de educación. Y no es una percepción. Sé de medios de televisión, radio y prensa donde se hacen estas prácticas porque las he vivido en primera persona. Así que, menos reconocimiento de palabra y más reconocimiento de obra.


Hace unas semanas, en una ponencia que tuve la oportunidad de dar en Vigo gracias a la maravillosa Asociación Érguete, asistí por la tarde a la charla de una chica keniana de veintitrés años que actualmente reside en España y que a pesar de su juventud tiene detrás una vida increíble que pone los pelos de punta. Durante su relato, esta chica comparaba algunos aspectos de la educación en Kenya con la educación en España. Una de las cosas que decía era que la educación en Kenya era muy importante porque era la única forma de salir de la miseria, y que por eso le tenían al maestro un gran respeto y una gran admiración. Asimismo, señalaba que, tras su paso por varios colegios e institutos españoles, le sorprendía que en España ni los niños ni los padres les tenían ese respeto a los maestros. Y es que, en España, hemos aumentado la velocidad de nuestro ADSL pero hemos rebajado la velocidad de nuestra cultura, nuestra educación, nuestra moral y nuestros valores. Nos creemos que por tener un móvil de última generación ya estamos fuera de la miseria, pero la tecnología sin conocimiento sigue siendo oscuridad. Realmente, más allá de la burda hipocresía y de quedar bien, ni valoramos a nuestros maestros ni valoramos la educación, por eso tenemos los colegios que tenemos; cayéndose a cachos y con una falta de profesorado que sería inadmisible para un país civilizado. Y es que, precisamente por no apostar verdaderamente por la educación, seguimos siendo la mano de obra barata de Europa y con muchos de nuestros grandes valores huyendo de España porque aquí ni tienen reconocimiento ni se les da valor. Y, por eso, tenemos lo que tenemos y estamos donde estamos.



Un currículo del siglo XX para alumnos del siglo XXII

Toni García Arias | 08/10/2019
Educación


Hace 22 años, yo era tutor de un 5º de Educación Primaria. Para fomentar la lectura y la escritura, llevé a cabo un proyecto de revista escolar. Era el año 1997. Casi la prehistoria. Como por aquella época había bonanza económica, muchos bancos y empresas aportaban dinero para llevar a cabo aquellos proyectos educativos, así que nuestra revista tenía una calidad de impresión y una distribución muy alta. Aunque una parte del proyecto lo realizábamos por la tarde, también dedicábamos algunas mañanas en el área de lengua para elaborar contenidos.


Habíamos distribuido las secciones de la revista en grupos y todos los alumnos participaban en su elaboración. Cuando terminaban de escribir su sección en papel y de corregirla, cada uno de los grupos pasaba el texto al programa Publisher (un programa gratuito de edición de textos e imágenes) y lo completaba con fotografías. Para que pudieran realizar la maquetación de cada una de sus secciones, yo les había enseñaba edición de textos (tipos de letra, tamaño, letra capital, etc.) y edición de imágenes (recortar, marca de agua, brillo, etc.).


Una mañana en la que estaba en la sala de ordenadores con mis alumnos, se me acercó el jefe de Estudios acompañado del inspector. El hombre, muy amable, me preguntó qué era lo que estábamos haciendo. Tras explicarle que los alumnos estaban elaborando su maquetación de la revista escolar, el hombre torció el gesto y me señaló muy secamente que no podía seguir haciendo aquello, porque la enseñanza de la edición de imágenes y de textos no se encontraba en el currículo. Yo intenté explicarle que tanto la edición de textos como de imágenes era un contenido muy importante, pero el hombre me volvió a recordar que aquellos contenidos no se encontraban recogidos en el currículo de Educación Primaria.


Un currículo del siglo XX para alumnos del siglo XXII

Un alumno que se matricule hoy en Infantil de 3 años, terminará su Educación obligatoria –si todo va bien– en el año 2032. Si hace una carrera universitaria, terminará su formación en el año 2038. Si su esperanza de vida son 85 años, algo posible, este niño vivirá en el siglo XXII. Sin embargo, a pesar del impacto de saber que esos niños que hoy tenemos sentados en nuestras clases de Educación Infantil vivirán en ese siglo, en la escuela actual les seguimos enseñando contenidos seleccionados y diseñados para la enseñanza del siglo XX.


Mis alumnos del año 1997 no pudieron aprender a maquetar ni a editar imágenes y textos al igual que los alumnos de hoy no aprenderán computación en la escuela porque, sencillamente, tanto el currículo de entonces como el actual están diseñados para alumnos de 1970. De hecho, los contenidos que enseñamos hoy en día en la escuela siguen siendo muy semejantes a los que yo mismo estudié cuando era alumno.


Una de las características del currículo eficaz es que debe adelantarse –en la medida de lo posible– al futuro y vislumbrar qué contenidos y qué aprendizajes van a necesitar nuestros alumnos de hoy, tanto para sus vidas personales como laborales. Lógicamente, no se trata de eliminar de un plumazo todos los contenidos y comenzar de cero, sino de realizar un proceso de eliminación de contenidos que ya no son necesarios en la actualidad e introducir otros más ajustados a la sociedad en la que vivimos. Y, también, y muy importante, de distribuir dichos contenidos de una manera más equilibrada por edades, donde su aprendizaje sea más fácil de adquirir, ya que hay ocasiones en que ocupamos semanas en enseñar a alumnos de 8 años un contenido que a los 13 años lo aprenderían en apenas un minuto.


Los currículos de enseñanza no pueden vivir en el pasado. Deben alimentarse del pasado, pero con proyección de futuro, manteniendo aquello que debe permanecer y eliminando lo que comienza a quedar desfasado. Nuestros alumnos de hoy se enfrentan a un mundo muy distinto al que nosotros nos enfrentamos. El aumento del estrés, de la contaminación, el mundo global, las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, la tecnología de la información y todo lo que ello conlleva son fenómenos a los que nosotros no tuvimos que enfrentarnos cuando éramos estudiantes. Por eso, desde la escuela, las herramientas que debemos ofrecerles a nuestros alumnos deben ser distintas a las que nosotros recibimos.



La dictadura de la programación didáctica

Toni García Arias | 04/09/2019
Educación


Con la llegada del mes de septiembre y el inicio de curso, miles de docentes de toda España comienzan a diseñar y a perfilar su programación didáctica para organizar su actuación para el curso actual. Pero, ¿es realmente tan importante la programación didáctica o programación docente?









Hace 22 años, yo era tutor de un 5º de Educación Primaria. Para fomentar la lectura y la escritura, llevé a cabo un proyecto de revista escolar. Era el año 1997. Casi la prehistoria. Como por aquella época había bonanza económica, muchos bancos y empresas aportaban dinero para llevar a cabo aquellos proyectos educativos, así que nuestra revista tenía una calidad de impresión y una distribución muy alta. Aunque una parte del proyecto lo realizábamos por la tarde, también dedicábamos algunas mañanas en el área de lengua para elaborar contenidos.


Habíamos distribuido las secciones de la revista en grupos y todos los alumnos participaban en su elaboración. Cuando terminaban de escribir su sección en papel y de corregirla, cada uno de los grupos pasaba el texto al programa Publisher (un programa gratuito de edición de textos e imágenes) y lo completaba con fotografías. Para que pudieran realizar la maquetación de cada una de sus secciones, yo les había enseñaba edición de textos (tipos de letra, tamaño, letra capital, etc.) y edición de imágenes (recortar, marca de agua, brillo, etc.).


Una mañana en la que estaba en la sala de ordenadores con mis alumnos, se me acercó el jefe de Estudios acompañado del inspector. El hombre, muy amable, me preguntó qué era lo que estábamos haciendo. Tras explicarle que los alumnos estaban elaborando su maquetación de la revista escolar, el hombre torció el gesto y me señaló muy secamente que no podía seguir haciendo aquello, porque la enseñanza de la edición de imágenes y de textos no se encontraba en el currículo. Yo intenté explicarle que tanto la edición de textos como de imágenes era un contenido muy importante, pero el hombre me volvió a recordar que aquellos contenidos no se encontraban recogidos en el currículo de Educación Primaria.


Un currículo del siglo XX para alumnos del siglo XXII

Un alumno que se matricule hoy en Infantil de 3 años, terminará su Educación obligatoria –si todo va bien– en el año 2032. Si hace una carrera universitaria, terminará su formación en el año 2038. Si su esperanza de vida son 85 años, algo posible, este niño vivirá en el siglo XXII. Sin embargo, a pesar del impacto de saber que esos niños que hoy tenemos sentados en nuestras clases de Educación Infantil vivirán en ese siglo, en la escuela actual les seguimos enseñando contenidos seleccionados y diseñados para la enseñanza del siglo XX.


Mis alumnos del año 1997 no pudieron aprender a maquetar ni a editar imágenes y textos al igual que los alumnos de hoy no aprenderán computación en la escuela porque, sencillamente, tanto el currículo de entonces como el actual están diseñados para alumnos de 1970. De hecho, los contenidos que enseñamos hoy en día en la escuela siguen siendo muy semejantes a los que yo mismo estudié cuando era alumno.


Una de las características del currículo eficaz es que debe adelantarse –en la medida de lo posible– al futuro y vislumbrar qué contenidos y qué aprendizajes van a necesitar nuestros alumnos de hoy, tanto para sus vidas personales como laborales. Lógicamente, no se trata de eliminar de un plumazo todos los contenidos y comenzar de cero, sino de realizar un proceso de eliminación de contenidos que ya no son necesarios en la actualidad e introducir otros más ajustados a la sociedad en la que vivimos. Y, también, y muy importante, de distribuir dichos contenidos de una manera más equilibrada por edades, donde su aprendizaje sea más fácil de adquirir, ya que hay ocasiones en que ocupamos semanas en enseñar a alumnos de 8 años un contenido que a los 13 años lo aprenderían en apenas un minuto.


Los currículos de enseñanza no pueden vivir en el pasado. Deben alimentarse del pasado, pero con proyección de futuro, manteniendo aquello que debe permanecer y eliminando lo que comienza a quedar desfasado. Nuestros alumnos de hoy se enfrentan a un mundo muy distinto al que nosotros nos enfrentamos. El aumento del estrés, de la contaminación, el mundo global, las nuevas tecnologías, la inteligencia artificial, la tecnología de la información y todo lo que ello conlleva son fenómenos a los que nosotros no tuvimos que enfrentarnos cuando éramos estudiantes. Por eso, desde la escuela, las herramientas que debemos ofrecerles a nuestros alumnos deben ser distintas a las que nosotros recibimos.



El futuro de la escuela española: entre el Circo del Sol y Mr. Wonderful

Toni García Arias | 14/02/2019
Educación


Hace un par de años, un compañero de colegio me dijo que, en un centro educativo de la zona, para el día de inicio de curso, los profesores bajaban desde el techo del colegio haciendo rápel y bailaban una coreografía en el patio para deleite de alumnos y padres. Como no podía creérmelo, me fui a YouTube y, efectivamente, allí estaba: un espectáculo de giros, luces y música digno del Circo del Sol. Inmediatamente calculé que, al ritmo de estupidez al que avanzaba la escuela española y con mi edad, sería imposible escaparme de tan novedosa pedagogía, así que inmediatamente me metí en un gimnasio y en una escuela de danza. Todo por el bien de la calidad educativa de los alumnos.


En los últimos años, rompiendo con todo lo establecido hasta ahora, ha irrumpido con fuerza en España una nueva tendencia educativa; una tendencia que -día a día- gana más adeptos entre el profesorado. Esta nueva tendencia consiste en hacer que los niños se diviertan en el colegio. Para esta nueva corriente pedagógica, la diversión se antepone al propio aprendizaje, convirtiéndose no en un instrumento sino en una finalidad en sí misma. Pero es lógico; en una sociedad diseñada para el ocio, ¡quién quiere debatir sobre filosofía habiendo Gran Hermano!, ¡quién quiere hablar de poesía teniendo YouTube!. La clave del éxito escolar para esta nueva corriente es que los niños sean felices –como si la escuela les impidiese serlo- y, para ello, solo existe una metodología posible: el amor. Cuatro años de carrera de Magisterio -con su psicología, su sociología de la educación, su didáctica, su organización escolar- para descubrir que, cualquier persona dispuesta a dar amor, es un buen docente. Nunca ser maestro fue tan fácil. Para poder llevar a cabo esa nueva metodología del amor donde los alumnos se desarrollen libres y amados, los docentes piden –entre otras cosas- eliminar los exámenes, jugar al baloncesto sin marcadores, poder entregar los trabajos de aula arrugados y con manchas de chorizo, desterrar el bolígrafo rojo, no entregar notas y los pedos sin olor. Como en una sobredosis de opiáceos, los docentes llenan las puertas y paredes de los colegios de mensajes motivadores, como si el colegio fuese una enorme tienda del mismísimo Mr. Wonderful. Cada aula es una minitienda cargada de frases bellas y potencialmente motivadoras: “Solo tienes que soñarlo para conseguirlo”, “Todo es posible en la vida”, “No hay nada que no puedas alcanzar”, “Si nunca lo intentas, nunca lo conseguirás”, “Cambia tu forma de ver las cosas y las cosas cambiarán”… Y, seguro, todo eso está muy bien. ¡Qué puede haber más hermoso que millones de niños levantándose felices cada mañana para ir al colegio y no querer regresar a sus casas jamás! El problema es que esta corriente pedagógica se queda ahí, en la frase, en el eslogan, y no dice qué hay entre el intento y la consecución. Porque ahí, entre el intento y la consecución, está el esfuerzo, el sacrificio, la voluntad, la motivación, el caer, el levantarse, el volver a caer, el pensar en abandonar, el dejarse las pestañas bajo el flexo, el formarme, las horas de insomnio, las tazas de café, el miedo, las ganas de huir, la incomprensión, la frustración, el fracaso, el éxito,… y todo eso, sin duda, no hace que los niños vayan felices al colegio. Para defender este nuevo paradigma educativo, afirma este colectivo de nuevos docentes que las ecuaciones sin emoción no sirven de nada. Las emociones sin ecuaciones, sí. Dicen que sin emoción no hay aprendizaje, como si todos aquellos que aprendimos los ríos o los verbos en un antiguo sistema educativo sin pasión no hubiéramos aprendido nada. Y es que, en realidad, el principal detonante del aprendizaje no es la emoción sino la motivación, y la motivación –ya lo sabemos, o deberíamos saberlo- puede ser intrínseca o extrínseca, relacionada con el yo, con la recompensa, etc., etc. Sin embargo, los defensores de esta nueva pedagogía dicen que somos los docentes los que tenemos que apasionar, los que tenemos que motivar constantemente a los alumnos, que ese es hoy uno de los grandes retos de la escuela. ¿Acaso debe motivar un médico a un paciente para extirparle un tumor de doce quilos? Seguramente no. La diferencia entre este ejemplo y la escuela es que los padres de hoy no consideran los estudios como algo beneficioso, no consideran la ignorancia como una enfermedad y no tienen claro que los estudios sirvan para algo, por eso millones de alumnos acuden desmotivados a la escuela. Miles de ejemplos les apoyan. Cientos de seres inútiles intelectualmente forrados económicamente y grandes bioquímicos tras la barra de un Burger King. Entonces, ¿son realmente solo los docentes los encargados de vender a los menores que la educación sí sirve para algo? Pues parece ser que sí y, para ello, la escuela tiene que transformarse, reformularse y convertirse en un centro de ocio adaptado a los caprichos de los alumnos, porque si ellos suspenden, es la escuela la que no sabe darles una respuesta, son los docentes los que no han sabido exprimir al máximo las enormes cualidades de ese alumno de ocho años que no tiene ni un solo libro en su casa, que tiene un iPhone más caro que cualquier docente, que tiene las estanterías llenas de palmeritas de chocolate y unos padres que lo dejan en casa un sábado de noche para irse de copas con sus amiguetes que –después de tanto trabajar – también tienen derecho.


Dicen también los partidarios de esta pedagogía de la orgía emocional que no hay que endurecer a los niños para enfrentarlos a un mundo complejo y cruel, sino que hay que educarlos con cariño para que llenen el mundo de amor. Y eso, que en sí mismo es un fin encomiable, no es más que enviarlos a luchar a una Guerra Mundial armados con ramos de rosas y nubes de corazones. Por supuesto que los jóvenes son los encargados de cambiar el mundo, y nosotros los responsables de darles los más bellos valores para que lo transformen, pero primero tenemos que intentar que sobrevivan, darles las herramientas básicas para enfrentarse a un futuro incierto y complejo. Porque el mundo no solo cambia con amor, sino también con conocimiento, con cultura, con justicia, con honestidad, con responsabilidad, con exigencia, con integridad, con sacrificio… y, de eso, la escuela de hoy en día anda más bien escasa. Por el contrario, la escuela de hoy se vuelca en la educación emocional para que los niños entren felices al aula, en la educación alimentaria para que no sean obesos, en la educación vial para que sepan cruzar una calle, en la educación para el consumo para que sepan elegir entre dos pastelitos de nata, en la educación para el ocio para que no se queden enganchados a una pantalla de móvil de por vida, en la educación sexual para que sepan que el porno no es la vida, en la educación del medio ambiente para que no tiren mierda a las calles cuando vayan de botellón patrocinado por el ayuntamiento, a la educación para la igualdad para que se les meta en la cabezota que mujeres y hombres son iguales…, es decir, que la escuela de hoy está haciendo de padres. Y, curiosamente, con este nuevo paradigma educativo, los datos nos dicen que en los alumnos aumentan los casos de violencia, el acoso, el machismo, la discriminación, el sexismo, la intolerancia y la homofobia, quizá porque se les educa en el egocentrismo más absoluto –tú te mereces todo sin hacer nada- y no en una verdadera gestión de las emociones.


Metidos en esa dinámica, en esa presión que se somete a los docentes para que motiven a sus alumnos y los hagan felices más allá de las tablas de multiplicar, decenas de nuevos gurús que nunca han dado clase en su vida dan ponencias a las que acuden miles de profesores buscando respuestas, patrocinados por empresas que manejan como nadie el márquetin y contratados por instituciones públicas que pagamos todos. Y, envueltos en un entorno de canciones y bailes como si en lugar de un congreso de docentes fuese el mismísimo Got Talent, miles de profesores bailan al ritmo de conferenciantes que están destrozando la educación con cientos de frases huecas. La situación está llegando a tal límite que las consejerías de educación, en lugar de establecer nuevos criterios en las oposiciones para el acceso al cuerpo de maestros, están pensando en contratar a Risto Mejide y a Jorge Javier para que valoren las dotes artísticas y folclóricas de los nuevos docentes.


La escuela de hoy sufre graves problemas que son difícilmente solucionables a corto plazo: una ley educativa elaborada por personas que no saben de educación, un exceso de burocracia que entorpece la tarea docente, unos padres que delegan la educación familiar en la escuela, un exceso de contenidos que estresa el currículo y, ahora, una nueva corriente pedagógica que se engorda a sí misma –sobre todo económicamente- y a la que no le importa el alumno y su futuro, sino vender su crecepelo educativo, su ungüento didáctico, su pócima emocional. Cuando los docentes comiencen a convertirse en verdaderos referentes culturales y comiencen a reclamar a golpe de prestigio el espacio que les pertenece, entonces la escuela dejará de ser un enorme parque de bolas para convertirse en un verdadero centro de aprendizaje.



La educación actual: entre la burocracia y el estrés

Toni García Arias | 10/07/2018
Educación


 

 

 

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