Toni García Arias

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"Recuperar el asombro de los niños"

Toni García Arias | 11/11/2017
Educación


Los niños actuales ya no se asuntan con Halloween. No se asustan con Halloween ni con nada. Vas con un dedo atravesado por una punta y te dicen «eso es sangre de los chinos», y tú te quedas con cara de idiota diciendo «para lo pequeñitos que son, qué listos son los muy jodíos». Y es que hoy en día los niños se las saben todas. No como nosotros, que veíamos un condón por la calle y pensábamos que era un globo que había quedado de un cumpleaños. O veíamos una mujer con ropa ligera en la Casa de Campo y nos preocupábamos por si pasaba frío. Hoy no.


Hoy los niños son listos como el hambre. Con seis años ya han montado en el Dragón Khan; con ocho han visto El exorcista y con doce, La guarra de las galaxias. Cada vez cuesta más encontrar algo que les sorprenda. Les pones los dibujos de Disney de toda la vida y se aburren. Te llaman 'viejuno'. Necesitan imágenes 3D en las venas para quedarse enganchados a la pantalla. Todo debe ser estimulante, impactante, alucinante. Incluso les preguntas quién es Puigdemont y lo saben. «Es un tío que está montando un pifostio del quince en Cataluña», te dicen con solo siete años. Durante la cabalgata de los Reyes Magos, disfrazado de Melchor, te miran a los zapatos y dicen con esa voz angelical: «Melchor tiene los mismos zapatos que mi tío». Saben lo que es follar antes de hacer la comunión. Y lo que es la lluvia dorada antes de pasar al instituto. Y cuando pasan al instituto? cuando pasan al instituto ya saben cosas que nosotros, los adultos, jamás conoceremos.


Se pasan horas mirando a capullos youtuberos haciendo gilipolleces frente a una webcam. O se flipan con las peleas de gallos de los raperos, mientras nosotros, los mayores, nos cortamos de decir un taco por si les afecta en su alma cándida y pura. Si en el patio de recreo no tienen ningún artilugio que les distraiga, no saben qué hacer y se quedan sentados en un rincón mirando al vacío, como si el mundo fuese una enorme pantalla en blanco.


Los niños de los países desarrollados han perdido la capacidad de asombro. Y han perdido la capacidad de asombro (precisamente) por un exceso de exposición al asombro. Desde muy pequeños, acostumbramos a nuestros niños a moverse como peces en el agua entre ondas wifi, pantallas de alta resolución, teléfonos móviles, tabletas, imágenes en 3D. Los exponemos a películas que no son adaptadas a su edad. Los exponemos a un lenguaje que no es adaptado a su edad. Los exponemos a una sexualidad anticipada que no es adaptada a su edad. Los exponemos a un ocio que no es adaptado a su edad. Y, al final, adelantamos su madurez de un modo violento.

A veces, te sorprendes de que un padre llegue y te diga que su niña de doce años es demasiado inocente por no saber lo que es una paja o una película porno. ¿Acaso los doce años es la edad ideal para saberlo? ¿Acaso los doce años es la edad ideal para tener la primera relación sexual? ¿Acaso los doce años es la edad ideal para comenzar a fumar? ¿O para comenzar a emborracharse? La inocencia, junto con la capacidad de asombro, son las dos principales características de los niños. Los niños a los doce años deben correr, jugar al escondite, hacer una espada con un palo, jugar a las canicas, caerse, subirse a un árbol, llenarse de polvo, saltar en los charcos. Si les quitamos eso, seremos culpables de exponerlos a un mundo propio de adultos y de robarles su infancia.



"Soy diferente"

Toni García Arias | 15/10/2017
Educación


“Soy diferente”. Eso es lo que está de moda hoy en día; “ser diferente”. Ves el programa First Dates y de repente llega un tío que se sienta frente a Sobera y le dice, “yo es que soy diferente”. Y, al final, te enteras de que su diferencia radica en que tiene la espalda cubierta por un tatuaje y un piercing en el escroto, como si entre los 7.000 millones de personas que habitamos la tierra no hubiese nadie más con la espalda llena de tatuajes y un piercing en los huevos. Pero la gente quiere ser diferente. “Yo soy diferente”, dice una chica; “me encanta pasarlo bien, reírme, estar de cachondeo”, como si al resto de la humanidad le gustase pasarlo mal, llorar y clavarse palillos en las uñas. Pero la gente quiere ser diferente, distinguirse, creerse especial, no por nada, sino por el exterior, por la fachada, por el enlucido, ya sea gracias a una docena de tatuajes, a unas ropas estrafalarias o a la cantidad de metal incrustado en el cuerpo.


Ser diferente mola. Eso sí; ser diferente mola cuando se es minoría. Cuando se es minoría, ser diferente es genial. Vas por la calle con tus piercings en los pezones y las nalgas al aire por encima de unos pantalones cagones y lo petas. La gente te mira y te crees alguien. Sigues siendo el mismo paleto lleno de complejos de siempre, pero bajo tu tupe de vértigo o con tu lengua partida en dos a modo de serpiente pareces menos gilipollas. “Cuando salgo por la calle” -dice otro fiera- “las viejas me miran asustadas”. Y uno piensa; joder tío; vaya mérito el tuyo; solo por eso merecerías una beca Fulbright. Me río yo de Fleming y su estúpida penicilina.

Soy diferente


Como digo, ser diferente mola. Pero ser diferente también tiene un tope: cuando ser diferente se convierte en mayoría, ya no tiene valor, porque el diferente ya es el otro. Hace varios años, por ejemplo, el diferente era el tatuado, el que vestía de cuero, el que llevaba un fular y anillos en todos los dedos. Ese era el rebelde, el que rompía las normas, el que tenía que enfrentarse a sus padres y su familia para poder ponerse un pendiente en la oreja como Maradona. “A ver si ahora te vas a creer tú Maradona”, te decía tu madre mientras te servía un plato de lentejas. Hoy en día, en cambio, el diferente ya no es el tatuado, sino el que no lleva un duende de enormes proporciones pintado en el culo. Un tatuaje, por cierto, que en la mayoría de las ocasiones se lo han pagado sus padres. Así de rebeldes son los “diferentes” de hoy en día.


Ser diferentes también va unido a ser “el alma de la fiesta”. No hay nadie que sea diferente que sea aburrido. “Es que yo soy la caña”, le dice un tipo al pobre de Sobera, que lo mira con cara de resignación. “Allí donde voy, se monta la fiesta”; “soy súper divertido”; “nadie se aburre a mi lado”, dicen. Estoy con unos buenos amigos en un pub y a nuestro lado se sientan varias mujeres que vienen de despedida de soltera, con sus penes en la cabeza y toda esa parafernalia. Están de despedida, pero bien podrían venir de un entierro, porque tienen cara de aburrimiento. Entonces alguien grita “selfie” y todas sonríen como si la vida les fuese en ello. Las risas apenas duran un par de segundos. Sin duda, también ellas son diferentes. Lo malo es que las diferencias de hoy en día están solo en el exterior, en la pose, no en el alma. Por eso, la gente demuestra que es diferente sonriendo a carcajadas en Facebook o mostrando cuerpazo de verano en Instagram, mientras por dentro se están muriendo lentamente de pura vulgaridad.



La dictadura de la incultura

Toni García Arias | 29/09/2017
Educación


Antiguamente, existía una cosa que se llamaba “vergüenza”. Se trata de un concepto antiguo, así que supongo que muchas personas de las generaciones actuales no lo recordarán. Para clarificar un poco el término, intentaré explicar en qué consistía. De una manera sencilla, podemos decir que la vergüenza es un sentimiento de pérdida de dignidad causado por una falta cometida. La gente -en el pasado- sentía vergüenza por diferentes razones: por no entregar un material en la fecha acordada, por aparcar mal, por dejar un examen en blanco, por ver a sus hijos correr en un restaurante, por colarse en la cola de la carnicería, etc. Gracias a una educación liberal -tanto familiar como institucional-, la vergüenza desapareció y, como contrapartida, se sustituyó por la justificación. Desde esa perspectiva, se enseñó a todo el mundo a que podía hacer y decir lo que le viniera en gana porque para cualquier acto que realizase o disparate que dijese, por muy despreciable que fuese, existía una justificación. De ese modo, la autocrítica fue aniquilada, y la gente fue educada pensando que siempre tenía razón y, lo que es más importante, que tenía derecho a todo. “Me lo merezco” se ha convertido en el eslogan que mejor define a las generaciones actuales. Por supuesto, un “me lo merezco” que no conlleve ni el esfuerzo ni el sacrificio. Así, hoy todos quieren la gloria de Rafa Nadal pero sin el sacrificio que conlleva ser Rafa Nadal, por eso buscan la fama rápida a través de “Gran Hermano” o de “Mujeres y hombres y viceversa”, que no perjudica tanto ni la espalda ni las rodillas.


Por norma general, me gusta ver los realities. Es un modo de observar el comportamiento humano y de saber por dónde camina la sociedad. Al menos, una parte importante de la sociedad. La más moderna. En los últimos años, gracias a esa observación, he comprobado que la incultura ha pasado de ser un aspecto que causaba vergüenza a algo que tiene incluso cierto valor dentro de un nuevo paradigma cultural, basado no en el conocimiento sino en el número de tatuajes y piercings. Antiguamente, la gente que no había leído un libro lo decía con cierta vergüenza, intentando de alguna manera disculparse. Hoy en día, en cambio, no haber leído un libro se ha convertido en un mérito más a incluir dentro del currículo. Hace unos días, por ejemplo, en uno de esos realities de citas, uno le preguntaba al otro “Y a ti, ¿te gustan los libros?” a lo que el otro respondía, “No”. Aliviado, el primero confesaba, “Buf, menos mal; yo tampoco soy de esas cosas”. Eso es algo así como preguntar “¿A ti te gusta ser un analfabeto funcional por voluntad propia?”, “Sí”, “Joer, menos mal, porque a mí también me encanta”. En fin.


Decía Tomás de Aquino, “Temo al hombre de un solo libro”. Sin duda, Tomás de Aquino ya sabía que un ser humano que no lee es un ser humano incompleto, pero, sobre todo, peligroso. Por un lado, porque cuando este tipo de individuos llegan a algún cargo de poder -cuántos analfabetos funcionales no hay en los ayuntamientos y en los ministerios- favorecen a los individuos semejantes a ellos, fomentando así aún más la incultura. Por otro lado, porque este tipo de individuos son influenciables y vulnerables ante la demagogia política, lo cual les convierte en radicales, y entonces llenan Twitter y Facebook de estupideces compartidas por otros millones de estúpidos hasta que -por pura repetición- la estupidez se convierte en verdad. Y, al final, los ignorantes se multiplican porque, como decía Aristóteles hace casi 2.500 años, mientras el sabio duda, el ignorante afirma, y hoy en día el que más berrea, más vocifera y más gilipolleces dice es el que más razón y más “Likes” tiene.



Presunta humanidad

Toni García Arias | 19/09/2017
Educación


Puedo imaginarme fácilmente la escena. Una pareja con dos hijos se prepara para tomar las tan esperadas vacaciones de verano. Todos están emocionados, ilusionados, felices, contentos. Han aguardado todo un largo año de trabajo para disfrutar de unos más que merecidos días de descanso en la playa. Pronto, se pondrán en camino, así que cogen las maletas del armario y comienzan a meter camisetas, pantalones, bañadores, … Todos sonríen. Incluso Toby, el perro de la familia, parece feliz mientras camina de un lado a otro de la casa como loco moviendo el rabo. Una vez que ya han metido todo lo necesario -y mucho más-, la pareja baja las maletas por las escaleras y las mete en el maletero del coche. Todos se introducen en el vehículo y comienzan la marcha. En los asientos de atrás, los dos niños y el perro miran atentamente la película proyectada en el DVD situado en el reposacabezas delantero. Después de unos cien kilómetros, los niños se quedan adormilados. El coche para la marcha lentamente y se detiene en la orilla de la carretera. Entonces, la pareja sale del vehículo y abre la puerta trasera. Toby sale, menea el rabo, olisquea y comienza a hacer sus necesidades. La pareja se introduce en el coche a toda velocidad, cierra las puertas, acelera y sigue la marcha, mientras Toby los observa alejándose sin comprender absolutamente nada.


Posiblemente, sea un problema mío. Tal vez no estoy preparado para comprender el comportamiento humano, pero sinceramente creo que alguien capaz de cometer un acto semejante es capaz de cualquier cosa. Nadie que tenga el mínimo brillo de humanidad en su corazón puede abandonar a su mascota después de haberla mirado a los ojos. Nadie con el mínimo brillo de humanidad en su corazón puede seguir viviendo como si tal cosa después de haber abandonado a su mascota a la orilla de una carretera. Y, si puede hacerlo, entonces es que definitivamente no merece el término de humano ni los derechos que por ello se le presuponen. Los vínculos emocionales que se establecen con un animal son, en muchas ocasiones, más fuertes que los que establecemos con la mayoría de las personas. Los animales no poseen las características humanas que suelen joder cualquier tipo de relación. Los animales no conocen el orgullo, ni son prepotentes, ni pretenciosos, ni vanidosos, ni mentirosos, ni les mueve la codicia o la envidia. Su carácter primitivo hace que sean -justamente- primitivos, y dan amor sin esperar nada a cambio incluso cuando son maltratados.

Presunta humanidad


Leo de nuevo la cifra y me resulta absolutamente escalofriante. El año pasado, unos 150.000 perros y gatos fueron abandonados por sus dueños. La cosa podría no ser tan dramática si solo se abandonasen animales durante el 2016, pero el hecho es que todos los años la cifra de abandono es muy semejante.


Cada segundo, se abandona una mascota en el mundo. Miles de animales están sufriendo ahora mismo un dolor insoportable e incluso la muerte en experimentos absolutamente innecesarios financiados con dinero público. Algunos cazadores, finalizada la temporada de caza, cuelgan a sus perros de un árbol con las patas estiradas hasta que -incapaces de aguantarse más- los animales mueren asfixiados lentamente. No creo, sinceramente, que la vida de esas personas sea más válida que la de su perro. A veces, me da asco la especie humana, y creo sinceramente que nuestro trato con la naturaleza nos convierte muchas veces en la especie más repulsiva que habita la tierra.



Asesinos al volante

Toni García Arias | 02/07/2017
Educación


Hoy voy a hablarles de un tema que cada vez me preocupa más, y es el alcohol y las drogas al volante. Según los datos del pasado año, el 40% de los muertos de tráfico en España consumió droga o alcohol. 



Al parecer, la cocaína provoca más siniestros mortales que el resto de narcóticos, pero el cannabis es la sustancia más detectada: dos de cada tres positivos en los controles son por marihuana. En 2016, de las 60.942 pruebas de droga que se realizaron, 23.822 (un 39%) dieron positivo. Curiosamente –lo digo porque jamás lo hubiera imaginado-, esta es una proporción muy superior a la que se registra en los test de alcoholemia, que el año pasado se situó en un 1,5%: de los 4,6 millones de pruebas que hicieron los funcionarios del instituto armado, 68.852 arrojaron un resultado positivo. En cuanto a esto, hay que especificar que si el control de alcohol da positivo, se inmoviliza al conductor y ya no se le hace el test de droga, por lo que el aumento en el porcentaje de consumo de drogas podría incluso aumentar todavía más. Con los datos obtenidos correspondientes al año pasado, la DGT concluye que el alcohol está presente en un 4,5% de los accidentes y la droga en un escalofriante e insoportable 27%. Para finalizar, la DGT concluye que el perfil del fallecido mantiene una constante en los últimos años: suele ser varón (79%), de 45 a 54 años, con turismo viejo, en carreteras convencionales (75%), que se ha distraído (28%) o que acelera más de la cuenta (21%). Estos datos echan por tierra el mito que desde la DGT nos quieren vender desde hace años diciéndonos que el único problema que existe en los accidentes de tráfico es el del exceso de velocidad –que no es lo mismo que velocidad inapropiada-, justificación que utilizan para colocar millones de radares por las autovías, mientras miles de drogatas y borrachos campan a sus anchas por las carreteras españolas. Si en lugar de eso, aumentasen los efectivos de la Guardia Civil de Tráfico y los pusieran a dar vueltas por las carreteras en busca de malos conductores, la mortalidad descendería considerablemente. Aquellos que nos pasamos muchas horas en las carreteras sabemos de lo que hablamos. Un conductor en plenas condiciones a 140 kilómetros por hora en una autovía con un coche que pasa todas sus revisiones es muchísimo menos peligroso que un drogata a 60 kilómetros por hora en una carretera comarcal. Los datos, al menos, así lo señalan. Así que, en lugar de derrochar tanto esfuerzo y tanto dinero en adoptar medidas de recaudación, tal vez debería gastarse en cazar al mal conductor, que no siempre es el que va a una velocidad apropiada aunque fuera del límite, sino también el que nunca señaliza con los intermitentes, el que habla por el móvil, el que envía mensajes por el móvil, el que se droga y coge el coche, el que se emborracha y coge el coche, el que no mira por los espejos retrovisores para adelantar, el que es lento de reflejos y de entendederas –no todo el mundo puede tener el carné de conducir-, el que no sabe tomar las rotondas, el que no se pasa al carril izquierdo cuando alguien se incorpora en la autovía por el carril de aceleración o el que se toma cinco copas y dos porros y se cree el Hamilton de la nacional.  


Asesinos al volante


El coche es un arma de destrucción masiva. Mucho más, en las manos de un gilipollas. Está muy bien toda esa fanfarria de los derechos individuales, pero cuando una persona ha sido detenida en infinidad de ocasiones borracho o drogado al volante, sus derechos para conducir deberían ser eliminados. De lo contrario, los que no ejercieron esa decisión serán los culpables de todas sus posibles víctimas. 



Deberes para vacaciones

Toni García Arias | 02/07/2017
Educación


Por fin, ha llegado el verano, y con él, las vacaciones del colegio. Este es, sin duda, un momento crítico para muchos padres, que no pueden ajustar su horario laboral al horario vacacional de sus hijos. Equivocadamente, algunos de esos padres solicitan a la administración más días de clase en los colegios, cuando lo que deberían reclamar es más días de vacaciones en sus empresas para poder disfrutar de la vida familiar con sus hijos. Esto es como cuando alguien cuelga en Facebook la foto de un jornalero trabajando al sol y dice que los demás no pueden quejarse de la ola de calor en su trabajo de oficina. Los derechos, hasta donde yo sé, nunca se piden a la baja. De lo contario, no se defiende al jornalero, sino al explotador. Pero, aparte de esto, hoy me gustaría hablarles de otro asunto que también preocupa a los padres: los deberes de vacaciones.


El aprendizaje, al contrario de lo que algunos puedan pensar, no es algo exclusivo de las escuelas. Por supuesto, también se produce en las escuelas, pero no es exclusivo de ellas. El aprendizaje está presente en cualquier lugar y en cualquier momento de la vida. El aprendizaje surge, fundamentalmente, de las experiencias. Por eso, la vida es el mejor escenario para aprender y, si uno está atento, cualquier aspecto que vivamos nos sirve para adquirir un aprendizaje. Porque el aprender, en la mayoría de las ocasiones, está en la actitud del que aprende más que en otra cosa. Yo, por ejemplo, aprendí mucho más de ciencias naturales cuando iba con mi abuelo en el carro de la vaca que en el colegio. Aprendí mucho más de valores con mi padre que en el colegio. Aprendí mucho más de sacrificio con mi equipo de fútbol que en el colegio. Aprendí mucho más del sentido de la vida con mi bisabuela que en el colegio. Aprendí mucho más de música con mi grupo de amigos que en el colegio. Etc., etc.

Deberes para vacaciones


Evidentemente, no estoy diciendo con ello que el colegio no sea necesario. Todo lo contrario. Las escuelas enseñan infinidad de conocimientos fundamentales para la vida, y la labor diaria de los docentes es encomiable. Pero no lo son todo. La vida, con toda su belleza, también nos enseña. Por eso, para este verano, los mejores deberes que pueden llevar los niños a sus casas no son de lengua o de matemáticas. Los mejores deberes que pueden llevar son pasar más tiempo con sus padres y con sus abuelos –algún día faltarán y el tiempo perdido jamás se recupera-. Que lean algún libro que les guste. Y si puede ser, rodeados de naturaleza. Que prueben nuevas comidas, nuevos sabores. Que miren las estrellas de noche. Que viajen a algún lugar nuevo, si puede ser, cargado de historia. Que cuenten el paso del tiempo y aprendan a aburrirse. Que sientan en su corazón el latido del corazón de algún animal. Que escuchen música diferente, de todo tipo. Que reclamen a sus padres más tiempo con ellos, tiempo de calidad, tiempo de familia, tiempo de diálogo, tiempo de risas.


En la vida, por desgracia, casi siempre estamos ocupados en la rutina, en lo inútil, en lo superficial. Luego, los años pasan y nos hacemos viejos. Y, entonces, nos damos cuenta de que el tiempo solo adquiere verdadero sentido cuando estamos al lado de las personas a las que queremos. No hagamos hoy que el día de mañana tengamos que arrepentirnos. Felices vacaciones.



España: la socialización de la corrupción

Toni García Arias | 22/06/2017
Educación


La corrupción en España no es un mal actual; es un mal que viene de antiguo. La corrupción no es algo propio del Partido Popular que hoy nos gobierna. Ni tampoco del Partido Socialista Obrero Español que nos gobernó hace unos años. Ni tampoco de los nuevos partidos como Podemos, actual promotor de una moción de censura al gobierno y que también cuenta con algún que otro caso de presunta corrupción en sus filas. La corrupción en nuestro país se remonta a varios siglos atrás, donde la corrupción era muy típica no solo en España sino también en gran parte de Europa, dominada por los poderes absolutistas de reyes y nobles. En España, según se dice, el primer gran caso de corrupción que se conoce sucedió en el siglo XVI, con el I Duque de Lerma, aunque seguramente antes ya habría algún que otro caso. Mientras en Europa los excesos de los poderes absolutistas se corrigieron a través de diversos cambios políticos y -sobre todo- sociales, en España, no. Esa ausencia de transformación hizo que, en nuestro país, la corrupción de una época se transmitiese a la siguiente y, así, hasta llegar a nuestros días. De este modo, la corrupción en nuestro país es un mal endémico y un mal sistémico, y cualquiera que entre en el sistema político deberá enfrentarse a ciertas situaciones de poder corrompido y corrupto difíciles de atajar. Sin embargo, el gran problema de la corrupción en España no es que todos los partidos políticos tengan algún caso de corrupción en su historia más o menos reciente -aspecto que ya de por sí es preocupante-, sino que la corrupción que antes se circunscribía al ámbito político ahora se ha socializado.


En el párrafo anterior, decía que en Europa los excesos de los poderes absolutistas se corrigieron a través de diversos cambios sociales. En España, eso no sucedió por diversas razones. Una de esas razones es que España siempre ha sido un país con propensión a la incultura (quizá porque se vive demasiado fuera), y a los pueblos incultos es mucho más fácil manejarlos, porque -por lo general- son pueblos más despreocupados. Otra razón es porque en España gusta mucho la crítica, pero la crítica soez y zafia, la que afecta al ámbito personal, no la crítica razonada laboral, profesional o ética -aquí triunfan programas de televisión que en otros países jamás triunfarían. Otra de las razones es que -sobre todo actualmente- en nuestro país no existe una moral social, una moral colectiva, es decir: unas normas básicas de comportamiento, unos valores y una simbología socialmente aceptada por todos. En nuestro país, no existe un sentimiento de pertenencia a España, a excepción de cuando la selección española de fútbol juega un Mundial o cuando Nadal juega un Roland Garros. Esto hace que los españoles no nos sintamos como un grupo, sino como un conjunto de individuos que comparten un mismo territorio, que es algo bien distinto. Debido a ello, cada uno va a lo suyo, intentando sacar el mayor provecho posible de una sociedad y de un estado que nos importa un carajo. Al preocuparnos solo de nosotros, los españoles cometemos actos de corrupción sin alarmarnos en exceso, ya que nuestro comportamiento moral solo debe obedecer a nuestros intereses particulares, no a los intereses del grupo, lo cual nos libera de la conciencia ética. Como punta de lanza de la corrupción en nuestro país está, posiblemente, el mayor problema que padece nuestro sistema y que, por añadidura, es el alimento del que se nutre la propia corrupción: el amiguismo.


En España, el amiguismo lo es todo. O casi todo. El amiguismo se define como la tendencia a favorecer a los amigos en perjuicio de otras personas, en especial en lo que se refiere al trabajo. Evidentemente, si yo tuviera a dos sujetos frente a mí y tuviera que contratar a uno de ellos, en igualdad de condiciones, elijo a mi amigo. Esta decisión puede ser criticada, especialmente por la persona no elegida, pero desde luego no representa ningún controversia moral ni ética ni puede ser censurada: la persona tiene buen currículo, buenas habilidades y conozco cómo trabaja. El problema viene cuando elegimos a nuestro amigo a pesar de su incompetencia, que es lo que sucede con excesiva frecuencia en España -y también en otros países mediterráneos-. En nuestro país, incluso en el ámbito laboral, prima la “amistad” por encima de la “profesionalidad”, hasta tal punto que lo que más se valora muchas veces en un trabajador no es que sea un magnífico profesional, sino que tenga “buen rollo”. De este modo, solo valoramos y aplaudimos a nuestros amigos, no a los buenos profesionales, con lo cual las empresas terminan llenándose de amigotes al tiempo que de incompetentes. Esto que señalo no es un descubrimiento ni una invención mía; muchísimos autores -especialmente norteamericanos y del norte de Europa- coinciden en señalar que el amiguismo es el mayor problema que tienen las empresas españolas y mediterráneas para ser productivas. Y si eso sucede en el ámbito de las empresas privadas, qué no sucederá en las públicas: puros nidos de ratas.


Nuestro país, España, ha perdido los valores sociales y, actualmente, está inmerso en un egocentrismo individualista inmoral e inculto que se vanagloria de su inmoralidad y de su incultismo. Debido a ello, resultará muy difícil erradicar la corrupción de nuestras instituciones y de nuestra sociedad, porque hay tantos casos y en tantos ámbitos que se convierten en ejemplo de actuación para jóvenes y mayores. De ahí que mucha gente aplique para su vida la máxima tan típica española de “para que se lo lleve otro, me lo llevo yo”. Y en esas estamos.



La necesidad de ser antisistema

Toni García Arias | 07/05/2017
Educación


Hace unos tres años aproximadamente, cuando me dirigía en coche de un lugar a otro, cogí por casualidad un programa de radio donde estaban dando un debate. Como el trayecto era corto, solo pude escuchar el debate durante un par de minutos. No tuve tiempo de escuchar el nombre de los colaboradores ni del programa, pero escuché una frase con la que inmediatamente estuve de acuerdo. La frase en cuestión decía que ser antisistema hoy en día no era peor que estar a favor del sistema; de hecho, estar a favor del sistema actual era una verdadera locura. Para intentar explicar por qué estoy de acuerdo con dicha frase y por qué creo que este sistema no se puede defender –especialmente en algunos países como España-, basta con ver la enorme cantidad de casos de corrupción que sufrimos y que nos hacen perder muchísimo dinero a los ciudadanos, lo cual repercute directamente en los servicios que tenemos. A eso, podemos añadirle la nula separación que existe actualmente entre los distintos poderes, ya que –visto lo visto en Madrid y en Murcia- el poder ejecutivo y el judicial son muy amiguitos. De hecho, se parece mucho a esa relación basada en el “tú mata que nosotros limpiamos la sangre”. Pero, por si todo ello fuera poco para despreciar este sistema que padecemos, a continuación les reproduzco algunos titulares aparecidos en prensa este último mes.


“Santander gana 1.867 millones, un 14% más”. “El BBVA gana 1.199 millones hasta marzo, un 69% más”. “El Banco Sabadell ganó en el primer trimestre del año 216,1 millones de euros”. “Renta 4 Banco ha ganado 3,8 millones de euros en el primer trimestre del año, un 51,2 % más que un año antes”. “Bankinter gana 124,4 millones de euros en el primer trimestre de 2017, el 18,7% más”. “Bankia logra un beneficio récord de 304 millones hasta marzo, un 28,4% más”. “CaixaBank gana 403 millones hasta marzo, un 48% más”. “La gran banca gana 4.000 millones en los tres primeros meses del año”. “Santander, BBVA, CaixaBank, Bankia y Sabadell aumentaron sus ganancias entre enero y marzo en un 28,5%”.

La necesidad de ser antisistema


Por si no les ha quedado claro lo que les quiero decir, continúo con otros titulares.


“Los sueldos no ganarán poder de compra en España hasta el 2020”. “España se sitúa por encima de la media de la OCDE en fiscalidad sobre los salarios”. “El Gobierno prevé un alza de los salarios en España del 1,3% en 2017 y del 6,5% de las rentas empresariales para este año”. “El Banco de España insiste en la necesidad de no subir salarios para ajustarlos al IPC”. “Los técnicos de Hacienda denuncian que casi la mitad de los trabajadores españoles no llegan ni a mileuristas”. “En el informe de Gestha se denuncia que casi 6 millones de trabajadores españoles (un 34,4%) podrían encontrarse en riesgo de pobreza”. “Según el sindicato de Técnicos de Hacienda, uno de cada tres asalariados gana menos de los 707 euros del Salario Mínimo Interprofesional”. “El milagro es ser mileurista: un tercio de los trabajadores españoles vive bajo el umbral de la pobreza”. “Los trabajadores que cobran menos de 1.000 euros, en su nivel más alto”. En fin, que -con solo la mitad de lo dicho- me bastaría para estar en contra de este maldito sistema.



 

 

 

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